Orlando supo, por encima de todo, ser fraile
Resumo (pt)
“Tu hermano, Orlando”. Con esas palabras solía concluir cada uno de sus mensajes fray Orlando, como una rúbrica entrañable y fraterna con la que saludaba, compartía alguna noticia o simplemente relataba una de sus innumerables peripecias cotidianas. Y es que Orlando fue, ante todo, eso: un hermano. Un fraile.
No hacía falta conocerlo por largo tiempo para descubrir qué amaba y a qué se entregaba. Bastaban apenas unos segundos para notar que era dominico, y no uno cualquiera. Su porte, su verbo y su pasión lo delataban de inmediato. Sus historias sobre la Orden eran deslumbrantes, casi como si uno se adentrara en un relato garciamarquiano, cargado de metáforas, florituras y una pizca de exageración. Pero, más allá de la retórica, se percibía con absoluta transparencia el amor ardiente que profesaba a la Orden de Santo Domingo.
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