DOI: http://dx.doi. org/10.15332/ s1794-3841.2018.0029.09

Artículo de reflexión

Evolución de la literatura occidental desde un contexto sociológico. De la Grecia clásica al Barroco1

Rubén José Pérez Redondo2

1Artículo de reflexión. Este trabajo supone un análisis en donde se explica, desde un punto de vista sociológico, cómo las sociedades han ido gestando una disciplina literaria y cómo la han ido adaptando a los condicionamientos sociales de cada época. La literatura y las sociedades desarrollan historias paralelas, una en el plano de lo real y otra en el plano figurado, que se retroalimentan y en las que se reflejan. El artículo acota este estudio en lo que abarca la literatura clásica occidental, es decir, desde la Grecia clásica al Barroco. DOI: http://dx.doi. org/10.15332/ s1794-3841.2018.0029.09
2 Doctor en Sociología. Departamento de Ciencias de la Comunicación y Sociología, Universidad Rey Juan Carlos. Camino del Molino, s/n, 28942 Fuenlabrada, Madrid, España. Correo electrónico: rubenjose.perez@urjc.es

Recepción: 31 de agosto de 2017/ Evaluado: 31 de enero 2018 / Aprobación: 16 de abril de 2018


RESUMEN

Hablar de literatura es hacer mención a una de las más especiales características del ser humano. Ese esfuerzo por transmitir hacia afuera todo lo que nuestra actividad cerebral genera, ha ido desarrollándose a lo largo de la historia en un proceso lento pero necesario para su avance. El lenguaje oral necesitaba de un recipiente dónde contener las palabras que de otra manera hubiesen quedado derramadas en el aire a perpetuidad. Con la aparición de la escritura surgirá la memoria documental, el registro material y no mental de las cosas y, con ella, la literatura como aquello que contiene a las letras. La literatura con el paso del tiempo ha ido sufriendo notables modificaciones tanto en el significado, como en los estilos, así como en su uso social. Se pretende hacer un análisis sociológico de la evolución de la literatura occidental hasta el siglo XVII, antes del acontecer de la literatura moderna.

Palabras clave: evolución literaria, estilo, estructura social, sociología literaria, escritura.


Evolution of western literature from a sociological context. From Classical Greece to Baroque

ABSTRACT

Speaking about literature is to mention one of the most special features of the human being. That effort to transmit to the outside whatever our brain activity generates, has developed through history in a slow but necessary process for its advancement. Oral language needed a receptacle to contain words that would otherwise have been hanging in the air eternally. With the appearance of writing, documentary memory emerges, which is the material and non-mental register of things, and as a consequence, came literature as that which contains the letters. Overtime, literature has undergone remarkable modifications in meaning, styles, as well as its social use. The aim is to make a sociological analysis of the evolution of western literature until the 17th century, before the appearance of modern literature.

Key words: literary evolution, style, social structure, literary sociology, writing.


Evolução da literatura ocidental a partir de um contexto sociológico. Da Grécia clássica ao barroco

RESUMO

Falar de literatura é mencionar uma das características mais especiais do ser humano. Esse esforço para transmitir tudo o que nossa atividade cerebral gera para fora tem se desenvolvido ao longo da história em um processo lento mas necessário para o seu avanço. A linguagem oral precisava de um recipiente para conter palavras que, de outra forma, teriam sido derramadas no ar em perpetuidade. Com o aparecimento da escrita, surgirá a memória documental, o registro material e não mental das coisas e, com ela, a literatura como aquela que contém letras. A literatura com o passar do tempo sofreu notáveis modificações tanto no significado, como nos estilos, bem como no seu uso social. O objetivo é fazer uma análise sociológica da evolução da literatura ocidental até o século XVII, antes dos eventos da literatura moderna.

Palavras-chave: evolução literária, estilo, estrutura social, sociologia literária, escrita.


LA GRECIA Y ROMA LITERARIAS: CREADORES Y DIFUSORES

Distanciándonos un poco de los sistemas de escritura denominados Lineal A y Lineal B3, ya que cayeron en el más profundo de los olvidos hasta tal punto que la escritura alfabética de los griegos viene derivada del alfabeto consonántico fenicio, ponemos como punto de partida la Grecia del siglo VIII a. C. Desde entonces la escritura no ha tenido modificaciones estructurales fundamentales y ha sido este sistema el patrón de referencia para el resto de sistemas de escritura alfabética, diferenciándose solo en la grafía (De Riquer y Valverde, 2009a).

En este período es donde se empieza a utilizar un tipo de literatura escrita de manera más habitual que en tiempos pretéritos, sobre todo porque la estructura social que se ha generado tiene una forma más ordenada y consolidada, y eso ayuda a implantar algún sistema de registros. Fundamentalmente, el comercio y la vida administrativa de la πολις van a fomentar este tipo de actuaciones escritas frente a la oralidad, si bien sigue dándose la realidad de una tradición oral4 que convive con la escrita. Los vestigios de escritos de tipo comercial en la zona de Grecia con los que contamos, datan del año 600 a. C. aprox., pero los estudiosos de este tema argumentan, en su mayoría, que la costumbre de escribir por motivos comerciales debe ser algo anterior5 (Forster, 1966; Hualde Pascual y Sanz Morales, 2008; Lesky, 1989; López Pérez, 2008). También, los motivos religiosos-mágicos-mitológicos ayudan a la aceptación de la escritura precisamente por la condición simbólica de la misma. La sociedad griega venera a sus deidades y les hacen ofrecimientos por medio de escritos que depositan en los templos. De esta manera,

Se observa por ejemplo la estrecha relación existente en Grecia entre objetos simbólicos (tokens) y escritura, ambos denominados semata (signos) y, […] la escritura se establece en primer lugar sobre una serie de objetos para reforzar el carácter simbólico de estos. Así […] las propias tumbas griegas son semata antes de que sobre ellas se graben inscripciones (Signes Codoñer, 2004, p. 60).

En cualquier caso, en este contexto sociotemporal ubicamos a Homero, que es el primer poeta griego del que tenemos conocimiento, pero parece evidente, aunque sea por razones puramente de funcionalidad, que la escritura se inició en el entorno comercial, para poder alcanzar entendimientos mercantiles entre fenicios y griegos y entre los propios griegos en el ámbito consuetudinario, más que para que las obras homéricas quedaran anotadas para la posteridad. Más bien, del uso de esta técnica por parte de la administración política y de los comerciantes se derivó una costumbre que empezaría a expandirse por diferentes realidades de la vida social.

No obstante, las hipótesis que se ponen sobre la mesa para dar una explicación al porqué del nacimiento y desarrollo de la escritura en Grecia son variadas. Sociológicamente hablando, no nos podemos apartar de la idea de que la tradición escrita en Grecia solo puede surgir de la conjunción de diversos factores que confluyen en uno: el desarrollo de la sociedad en el marco de las ciudades-Estado, la πολις griega. El sinecismo6 que se genera conlleva indefectiblemente una organización más compleja de la sociedad griega para poder satisfacer multitud de tareas que se van a multiplicar. Del natural aumento de la población se deriva un incremento en las transacciones comerciales, un lógico desarrollo de sistemas políticos y administrativos y un florecimiento y auge cultural (Signes Codoñer, 2004).

La intensificación de la vida cotidiana necesita de la escritura para dar cobertura a la amplitud de actividades generadas por el tejido social, de tal manera que la mayor parte de los ciudadanos manejan la destreza tanto de la escritura como de la lectura. Cuestiones tan importantes como las leyes, “se exponían al público ateniense por escrito en el precinto de los Héroes Epónimos, en el ágora, y los ciudadanos podían leerlas y discutirlas, antes de someterlas a votación en la asamblea” (Mosterín, 2002, p. 136). Es el primer período de democratización de la escritura al estar al alcance de la mayoría7.

Pues bien, en este contexto es donde situamos el nacimiento de la literatura y con ella su diversidad de géneros8, los cuáles se han ido propagando a lo largo de la historia hasta llegar a nuestros días. Como hemos dicho anteriormente, los poemas épicos de Homero, que son los más ancestrales que se pueden encontrar en la época de la Grecia arcaica,9 marcan el inicio de dicho género (Hualde Pascual y Sanz Morales, 2008). A partir de ahí, tenemos conocimiento de muchos más textos que han alcanzado relevancia en la historia de la literatura. Los temas más recurrentes en esta época tienen relación con los hechos de la vida cotidiana, como son, fundamentalmente lo mitológico-religioso y lo bélico, todo ello de tipo heroico. La épica, a pesar de los textos de Homero, nace para ser cantada por los aedos apoyados por la musicalidad de las cítaras y, posteriormente, recitada por los rapsodas y contiene una función social clave en el desarrollo del floreciente acervo cultural griego. La literatura (épica) nace para satisfacer la necesidad de rendir culto a sus héroes. La intensidad guerrera de la época y la toma de consciencia de los ciudadanos como integrantes de grupos de pertenencia de cada ciudad-Estado, exigía rendir tributo a aquellos que luchaban por una causa común y beneficiosa para el grupo. Por lo tanto, los eventos de tipo cultural se desarrollaban, no solo para el deleite del espíritu de los oyentes, sino para conceder homenaje a sus héroes (López Pérez, 2008).

Otra de las funciones sociales de la épica fue la de propagar la cohesión social. Independientemente de que se gestasen las ciudades-Estado, la distribución geográfica de los pueblos estaba muy fragmentada, disgregada en cientos de colonias debido a su particular orografía, y políticamente también existían amplias tensiones como consecuencia de los cambios sociales que se precipitaban sobre el marco de las antiguas estructuras. Ante eso, la épica fue el hilo conductor que terminó agregando homogeneidad costumbrista a las consciencias que acabaría desembocando en una cultura consolidada del mundo griego. Además “la épica tuvo también una función política y es más que probable que la composición de determinadas obras fuera alentada en lugares concretos como una forma de proyección exterior o de instrumento de acción interna” (Hualde Pascual y Sanz Morales, 2008, p. 28).

La lírica es otro de los géneros literarios originario del mundo griego. Su desarrollo está relacionado con aspectos más individuales que la épica, que era un tipo de poesía más colectiva, y podríamos decir que sociológicamente es el género naturalmente evolutivo de la épica, derivado del desarrollo de la sociedad griega, que ya con la épica ve alimentada su necesidad idiosincrásica para pasar a satisfacer experiencias más individuales y banales de la vida ordinaria, tales como el amor, la belleza o el devenir de la existencia. La lírica adquiere su nombre dimanado del instrumento de la lira o cualquier otro instrumento de cuerda, con lo cual nos da respuesta al carácter melódico de este tipo de poesía. Con la lírica se gesta una dualidad de la función social común del deleite personal: por un lado se nos presenta la lírica monódica, ejecutada de forma individual, cuyo

[…] ámbito de la interpretación fue el simposio aristocrático, mientras que la lírica coral, efectuada de manera grupal, por un coro10, tuvo su desarrollo en el festival ciudadano, a menudo de naturaleza religiosa; de ahí el carácter esencialmente privado de la primera, frente a la condición pública de la segunda (p. 47).

Junto a esta bifurcación de la lírica se establecen también la poesía mélica, la elegía y el yambo que son subsumidas generalmente por la lírica monódica. De la lírica coral tenemos diferentes representantes, pero el principal es Píndaro. Lo mismo sucede con la poesía monódica, cuyo máximo exponente es la poetisa Safo.

Aproximadamente un siglo y medio después de la aparición de las primeras formas líricas, se va a concebir un nuevo género que tendrá su desarrollo bajo un estilo de poesía dramática. Es la raíz del teatro griego que se divide en tragedia, comedia y drama satírico. El declive de la lírica a favor de la poesía dramática está asociado al empuje de lo popular en detrimento de la aristocracia que era la principal valedora del género anterior. El progresivo impulso de la πολις como elemento de articulación de la vida pública, hace que el teatro sea el gran evento del que pueda tomar parte todo el pueblo. De hecho, las representaciones tenían cabida en el marco de fiestas estatales celebradas en honor del dios Dioniso (Romero Tobar, 2004).

A diferencia de los géneros anteriores, en este hay un lugar preciso para desarrollar la actividad; es el teatro en donde se va a delimitar la ubicación del público, del coro y de los actores. El pueblo acudía a este recinto a contemplar el evento y se situaba en la grada, dividida en dos por el diazoma, en donde la parte baja estaba reservada para las gentes más relevantes de la πολις y la zona de ubicación más elevada era ocupada por el pueblo llano. Se establece, por lo tanto, un lugar socialmente común11 aunque separado físicamente por un pasillo circular situado a media altura de toda la grada. El coro era el elemento fundamental en la obra dramática, en cualquiera de sus vertientes, pues originariamente eran los que realizaban todas las actividades principales al cantar, tocar instrumentos y danzar, situándose en la orquestra como zona destacada para tal fin. Posteriormente, el coro evolucionará hacia la figura de los actores que irán teniendo más relevancia con largos monólogos o diálogos. Los grandes representantes de este género fueron Esquilo, Sófocles y Eurípides en la parte de la tragedia, Aristófanes y Menandro en cuanto a la comedia y Eurípides de nuevo para el drama satírico (Signes Codoñer, 2004).

Como colofón a este breve recorrido por la literatura griega, tenemos que mencionar la prosa como otro de los géneros literarios creados por esta civilización. Su desarrollo acontece fundamentalmente durante los siglos V y IV a. C., aunque su aparición se efectúa algo antes. La prosa aúna diferentes categorías literarias, aunque las más relevantes son la historia, la oratoria y la novela, amén de la filosofía. La historia surge como consecuencia de la necesidad de contar las experiencias vividas, especialmente de lo acontecido en el transcurso de los viajes realizados. La historia estaba anteriormente acogida a lo fabuloso, a lo fantástico, a lo imaginario12, pero a partir de Heródoto, adquiere una mayor veracidad, si bien no se puede hablar de un relato riguroso de lo narrado. Además del nombre que acabamos de mencionar y que es considerado como el padre de esta disciplina, también tenemos a Tucídides y Jenofonte como acreedores de dicho género (López Pérez, 2008).

Por otro lado, la oratoria va a ser un género con un estatus alto entre la sociedad griega. Realizar buenos discursos dando muestras de un buen uso de la palabra, se convertirá en un potente indicador de la integración social en la Grecia antigua, debido a que las disputas verbales estaban a la orden del día como consecuencia del desarrollo de la democracia ateniense. La solución a los litigios cotidianos se podía encontrar en el buen arte de la persuasión usando como técnica la retórica, de la que unos ciudadanos hacían mejor manejo que otros13 aunque todos gozasen de un aceptable nivel de cara a los posibles discursos en los Tribunales y en las Asambleas. Algunos de los grandes maestros en el empleo de la oratoria griega fueron Lisias e Isócrates, entre otros (López Pérez, 2008).

Por su parte, la novela tiene su aparición en la época de Filipo II de Macedonia, en el siglo IV a. C. cuando empieza a consolidarse la lengua común griega llamada koiné, y a diferencia de los géneros anteriormente citados que tenían una condición más social, independientemente de su carácter público o privado, la novela va a ser el primer género netamente individual puesto que está destinado a su lectura íntima, no compartida, por cuanto que no se canta o no se recita. Las novelas de la época suelen tematizarse sobre aspectos viajeros o aventureros cuyos personajes desarrollan diferentes tipos de vivencias, las más habituales son las amorosas. La novela tiene la intención de narrar situaciones que podrían ser perfectamente verosímiles a pesar de ser relatos absolutamente ficticios. El gran abanderado de la novela de este tiempo fue Longo de Lesbos, como autor de la obra Dafnis y Cloe (Signes Codoñer, 2004).

Finalmente, la filosofía nace fruto de una lógica dicotómica; por un lado, la filosofía es producto de la reflexión de la realidad, de la meditación racional de todo lo que a uno le rodea, y lo cierto es que en la geopolítica griega de la época que estamos mencionando, donde cohabitan múltiples pueblos y culturas, las realidades son dispares y encontradas en muchos casos. Se precipita por lo tanto la necesidad de comparar lo particular con lo ajeno.

Sociológicamente hablando, esta acción comparativa va a producir el pensamiento filosófico mediante el ejercicio del cuestionamiento de las diferentes vertientes que tiene la realidad. Por otro lado, el progreso de la sociedad va a precisar de justificaciones no mitológicas a los acontecimientos mundanos del correr de la vida. Por ejemplo, los fenómenos naturales no se van a sostener ya con explicaciones mitológicas; necesitarán de reflexiones más racionales. Es, por lo tanto, la otra parte del cuestionamiento, el del paso del mito al logos (Forster, 1966). De esta manera es como se construye este tipo de literatura en prosa del pensar sabiamente que cultivaron, entre otros, Sócrates, Platón y Aristóteles.

En lo concerniente a la literatura en Roma, la misma es consecuencia directa de la griega y sin esta no se podría concebir aquella. Sin embargo, su desarrollo tiene numerosas particularidades sociológicas que la hacen característica. En primer lugar, la literatura romana se alimenta de la griega imitándola, pero no como una mera copia que reprodujera fielmente todo el universo conceptual helenístico, sino transformándolo, adaptándolo a su propia realidad. La realidad del pueblo griego estaba ligada, como ya hemos referido anteriormente, a lo divino, a lo mítico, a lo fabuloso, a lo heroico, en definitiva, a lo teórico, mientras que la cosmovisión del pueblo romano se alía a lo terrenal, a lo humano, a lo real, en definitiva, a lo práctico. Es por ello que la principal función social que tiene la literatura griega es la de creadora, pues despliega de forma inmejorable la imaginación para producir historias que sean cantadas, contadas y escritas a través de los distintos géneros literarios que originan, mientras que la literatura romana tiene como función social más destacada la de transmisora, ya que son los que van a expandirla inmensamente a través de todo el imperio (Codoñer Merino, 2011).

La literatura latina adquiere su apelativo proveniente del territorio del Latium, en donde se hablaba un dialecto rural propio de este enclave situado alrededor de la ciudad de Roma, y precisamente por ello, el nombre de Latium deriva del latín Latus que significa “territorio llano y amplio14” tal y como era esta zona. Comparativamente con Grecia, esta región es geográficamente más uniforme, lo que va a favorecer su propagación. La lengua que se hablaba no era el latín que hemos estudiado en las instituciones educativas, sino que era un latín vulgar que será el verdadero conductor de la lengua latina para el entendimiento y que por su simplicidad estaba destinada a ser la lengua “universal” del momento.

Por consiguiente, en el latín puede verse un dialecto rural (la Roma arcaica se parecía realmente más a una aldea fortificada que a una ciudad), dialecto rural que, en pocos siglos, se convirtió en lengua universal. Apresurémonos a destacar que el latín literario que aprendemos en las escuelas es propiamente una lengua “aréstica”, que no fue nunca el lenguaje hablado. A decir verdad, la lengua hablada por el romano culto, no se diferencia mucho de aquella. Pero el hombre sencillo, se servía, en la calle, del latín vulgar, que era a la lengua hablada por el culto, algo así como el inglés cockney al usado por el inglés culto; o bien, para tomar un ejemplo suizo, como el “bajo inglés” respeto15 al alemán que se habla en Berna. El latín vulgar presenta, a veces, un léxico propio y, otras, una pronunciación completamente distinta. Citemos, como ejemplo, la palabra caballus (francés cheval) en vez de equus, o la pronunciación o por au, por ejemplo: Clodius en vez de Claudius. El latín vulgar tardío desarrolló un artículo; se decía una causa (una cosa) en vez de res, o ille sol en vez de sol, con lo cual el italiano y el francés se repartieron fraternalmente el artículo ille (il, le). Las lenguas románicas de nuestros días –francés, italiano, español, catalán, portugués, rumano, etc.– proceden del latín vulgar, no del clásico (Forster, 1966, pp. 132-133).

Queda claro, pues, que la literatura latina va a ser la “paloma mensajera” para la cultura de Occidente asumiendo la enseñanza helenística, modificándola y propagándola por todo su espacio de dominación. A partir de aquí hay que decir que el fundamento en el desarrollo de la sociedad romana se asienta en el derecho16 y ordenamiento político de su imperio y su expansión. Previamente la literatura en Roma se reducía justamente a escritos jurídicos y religiosos17, pero después se verá beneficiada por el contacto con el pueblo etrusco, por el norte, y las ciudades griegas ubicadas al sur. También tendrá una gran importancia la llegada de esclavos griegos debido a que el grueso de la cultura helenística en Roma procede, en gran medida, de los libertos griegos que llegan con unas capacidades intelectuales muy valiosas (Forster, 1966), de ahí que el primer poeta de la literatura romana fuera el liberatus Livio Andrónico, traductor a la sazón de la Odisea al latín.

Debido al influjo griego, los géneros literarios que se presentan en Roma son exactamente los mismos que en Grecia. De hecho, en el ámbito de la épica, la medida en uso sigue siendo el hexámetro dactílico propio de las grandes epopeyas homéricas. La única diferencia será el uso del latín en las composiciones, porque incluso la temática coincide con la utilizada por su antecesora en innumerables ocasiones. En el género épico los grandes representantes latinos fueron Virgilio, cuya Eneida se inspira en Homero; Publio Papinio Estacio con su Tebaida o “nuestro” Marco Anneo Lucano, de la Hispania romana, con su Farsalia, son otros de los representantes de la épica latina (Bickel, 2009).

No nos detendremos mucho aquí sabiendo que los géneros latinos son los mismos que los griegos y, en todo caso, citaremos de pasada los grandes exponentes de cada uno. En relación a la lírica latina, al igual que la griega, se establece aquella en una dimensión más intimista, subjetiva y restringida que la épica. Era un género poético recitado desde su origen y del que no nos quedan sino discontinuos fragmentos. Los nombres más sobresalientes que cultivaron la lírica romana fueron Catulo, Horacio y Ovidio, entre otros. Este último fue uno de los principales desarrolladores del subgénero lírico denominado elegía, relacionado con temas del dolor humano. También emergieron otros subgéneros líricos en la época como la sátira, que concentra un batiburrillo temático sin mucha definición pero con un contenido acre, mordaz. Sus dos principales representantes fueron Persio y Juvenal (Forster, 1966).

Del género histórico son dignos de mención los escritos de Julio César, Salustio, Tito Livio y Tácito, entre otros. Este género en Roma va a ser la versión que consolide el rigor de lo acontecido dando una vuelta de tuerca al precedente griego que carecía en gran parte de dicha precisión y amplitud18. Fundamentalmente, la obra de César con su Bellum Galicum y su Bellum civile, en donde describe las contiendas de las Galias y la civil, es la piedra angular que sienta las bases de esta disciplina para el futuro (Forster, 1966).

Por su parte, el teatro en Roma no solo viene derivado de la raíz griega sino también de reminiscencias más cercanas, concretamente de la ciudad de Atella, en el sur italiano, en donde surgió la denominada farsa atelana. Cercana a la sátira y probablemente integrada en ella, eran unas representaciones que se realizaban de forma casi improvisada por las gentes del lugar haciendo burla o contando anécdotas e historias punzantes. Estas representaciones fueron llevadas posteriormente a Roma que, junto con el género dramático griego, alimentaron el desarrollo del teatro latino. Plauto, Séneca y Terencio son algunos de los estandartes de esta modalidad en Roma (Eugenio Díaz, 1989).

La oratoria va a ser crucial en el mundo latino debido al cariz jurídico del romano, y de hecho el Senado será un lugar clave en el arte de la retórica además de la asamblea y los tribunales. La oratoria está integrada perfectamente en el tejido social romano por su gran prevalencia en sus tres vertientes: la judicial, en defensa o acusación de un individuo; la deliberativa, como auténtico arte de persuasión de alguien sobre algún asunto por medio de la palabra; y la demostrativa, en el sentido de alabanzas o reproches sobre un sujeto. Marco Tulio Cicerón será el que mejor encarne la oratoria fundamentalmente con las Catilinarias (Codoñer Merino, 2011).

Finalmente, la novela no cuaja y por lo tanto no tuvo excesiva repercusión en el mundo latino, donde adquirió cierta presencia de forma tardía. Como característica principal de la misma, podemos mencionar su estilo burlesco e irónico propio de la personalidad singular del pueblo romano (Codoñer Merino, 2011). De hecho, es muy significativo el nombre de la obra de uno de los máximos exponentes de este género en Roma como es El Satiricón de Petronio. A pesar de no ser un género muy valorado en la época, la novela latina tendrá una gran influencia en la literatura posterior.

LA LITERATURA MEDIEVAL: DIEZ SIGLOS DE CLAROSCUROS

Avanzando en los avatares de la literatura, después de haber hecho un recorrido sucinto por los orígenes arcaicos y clásicos de la misma en relación a nuestra cultura occidental, nos detenemos en la época medieval. Con el ocaso y final del Imperio romano, se inicia temporalmente una nueva época que perdura a lo largo de diez siglos, y si la etapa anterior fue de luces, el inicio, al menos, de la nueva, tiene que traer por contraparte una de sombras19. El Imperio romano entra en decadencia y con ella todo el resplandor de su cultura. En este nuevo período de 1000 años las evoluciones se sucederán muy poco a poco pues es un espacio de tiempo muy amplio para que se establezca ninguna inmediatez, sobre todo cuando hay que empezar a construir sobre bases nuevas.

La sociedad que se va a originar en el medioevo, junto con sus necesidades y usos cotidianos vitales, nos va a explicar en gran parte el devenir de la realidad literaria, una vez más. La aparición de los reinos germánicos ocupa el inmenso vacío dejado por Roma y, aunque reciben influencias de esta, se mantienen en un nivel social, político, económico y cultural ínfimo. En la Alta Edad Media, se da un período de transición que será la correa de transmisión entre dos realidades consolidadas: las del mundo antiguo y la Edad Media de plenitud, que lleva a un cambio estructural en todos los ámbitos de la vida. Así, en lo económico, se pasa de un sistema de producción esclavista a un modelo de producción feudal; en lo político, el patrón centralista del Imperio se transforma en un marco de poder disgregado; y en cuanto a lo cultural, se pasa de un clasicismo expansivo a un teocentrismo acuciante, acaparador de la cultura, ya sea en su vertiente cristiana o islámica. El estado de inseguridad se hace patente por la fractura del territorio, provocada por las constantes invasiones derivadas de la descomposición del Imperio romano y con él, el advenimiento de un cúmulo de reinos bárbaros dispares (von Martin, 1970).

En el ambiente se percibe una pujante atmósfera religiosa, que viene propagándose desde el siglo I d. C., denominada por algunos como “época apostólica”, por cuanto se establece la causa en pro de la religión cristiana por medio de la evangelización que inician los apóstoles, hasta llegar a los siglos V-VI d. C., en donde sus estructuras clericales empiezan a adquirir ya un cierto poder. Las extensas tierras que quedan a merced de los reinos germánicos, tendrán que ser trabajadas para la subsistencia, y ante la ausencia de cualquier avance tecnológico, los tiempos son marcados por la propia naturaleza. El campo adquiere su preeminencia sobre la ciudad y todo lo que ello significa en cuanto a una ausencia de dinámica social.

El campo es, en oposición a la ciudad, terreno poco abonado para el arte, especialmente para el que no es puramente figurativo, limitado a funciones de decoración. En el campo faltan las tareas adecuadas, el público y los medios necesarios para el arte (Hauser, 1978, p. 190).

Se establece entonces la doble actividad del ora et labora benedictino, en la que se encuentra sumida la nueva sociedad. El desarrollo de las estructuras de dominio, asentadas en la Iglesia y el Estado, rompe en favor de una concentración del poder en manos de ambas instituciones, repartiéndose sus singulares atributos, reuniendo así una mayor supremacía de autoridad20. Es por lo tanto, una época excelsamente religiosa y “de inmensa espiritualidad” (Riu, 1989, p. 15), hasta tal punto que el término “Edad Media” está circunscrito al ambiente religioso.

Y la expresión “Edad Media” fue utilizada, al parecer por primera vez, por los “profetas” –de matiz no siempre ortodoxo– que, desde finales del siglo XIII en especial, arrebatan hacia las esferas de la espiritualidad a los burgueses y a los campesinos, avivando sus almas inquietas. Según ellos, la Encarnación del Verbo puso fin a la antigua ley, pero no estableció en este mundo “el reino de Dios”, debido a la malicia de los hombres. En consecuencia, el “tiempo presente” –o sea: la vida en este mundo– no era más que una “edad intermedia”, un medium evum, en que el hombre se debatía entre el pecado y la penitencia, para alcanzar y gozar después de su muerte una auténtica vida, en la “edad definitiva”. Tal era el fin del hombre y, en consecuencia, a él debían tender todos sus actos (p. 15).

Ante tan místico entorno, no es de extrañar que el ámbito de la cultura quedase concentrado en manos del clero. Esta situación llevó a la literatura a enclaustrarse en los recintos religiosos, ya que “la herencia clásica suscitará recelos por su contenido moral que llevarán, o a rechazarla en algunos casos o a forzar una interpretación alegórica que cohoneste la perfección de las obras con el nuevo sistema de creencias” (Garrido Gallardo, 2004, p. 56).

En este ambiente es, por lo tanto, donde se sitúa la literatura y, aunque pueda parecer que no queda muy bien parada, será un ciclo de contrastes en donde se integran multitud de matices en torno a la misma. En este sentido, nos referimos al tránsito de varios períodos correlativos (e inevitables de necesidad) que van a marcar el sino de la literatura en la etapa medieval: por un lado, una primera fase, que se extiende desde los siglos VI a VIII, anteriormente citada como Alta Edad Media, en la que los bárbaros desdeñan todo lo que tenga que ver con cualquier atisbo de cultura literaria21. Lógico, a sabiendas de que su propósito está fijado en la invasión y la adquisición de las riquezas que les deparará esta.

La sociedad bárbara y guerrera de principios de la Edad Media se sustentaba en la conquista del botín y su reparto. Tácito señaló que, cuando los germanos no estaban en guerra, lo pasaban en banquetes ostentosos y multitudinarios: la hazaña guerrera se apreciaba en cuanto se celebraba. Tenían la creencia de que los objetos preciosos poseídos encarnaban sus cualidades personales y en ellos estaba su felicidad y su éxito. Los jefes repartiendo anillos y brazaletes hechos de su tesoro entregaban una parte de su suerte. La liberalidad era inherente a su condición de noble (Carmona Fernández, 2001, p. 72).

Por otro lado, se nos presenta una segunda fase desplegada desde el último cuarto del siglo VIII hasta mediados del siglo IX que es denominada como etapa carolingia. Este período, llamado por algunos como renacimiento carolingio, es el inicio de un cierto florecimiento de la cultura, ya que Carlomagno va a asumir personalmente la responsabilidad de proyectar “un programa cultural propio”, potenciando “la ciencia, el arte y la literatura” (Hauser, 1978, p. 194). Todo ello es consecuencia del vasto imperio que ha formado, ya que necesitará de un eficaz instrumento burocrático que le dé cobertura. Es por eso que despliega un ingente modelo cultural, poniendo como base la escuela en donde pudiese darse una necesaria alfabetización y priorizando como idioma el latín. La cultura literaria vuelve a brotar emanada de la “escuela palaciega”, que serán los centros de prolijidad de la escritura22 y

[…] está fuera de toda duda que en la corte de Carlomagno hubo un círculo literario de poetas y eruditos; estos formaban una verdadera academia que celebraba sesiones y concursos regulares; y podemos estar también seguros de que en la corte existía un taller anejo, en el que se producían los manuscritos miniados y los objetos artísticos (p. 195).

De aquí se gestaron los escribas medievales que continuarán esa labor en los monasterios.

Posteriormente, con la decadencia del Imperio carolingio, habrá una breve etapa de involución con un nuevo

[…] período de disturbios, de guerras y de invasiones. […] Como consecuencia, las relaciones de homenaje y de protección se multiplican, no solo en provecho de los poderosos, sino de toda la gradación social. Dos formas de estar ligado a un jefe se distinguen cada vez más netamente: servidumbre y vasallaje (Bloch, 2002, p. 14).

Es este un momento en donde se va a dar pie a una consolidación del feudalismo. De cualquier manera, ese breve intervalo de tiempo convulso va a desembocar en la tercera de las etapas medievales; es la que discurre desde el siglo XI al siglo XIII, en donde hay una continuación del legado carolingio. Por fin, se concluye el bronco período beligerante que anteriormente se presentaba en la Europa occidental, para afianzar una sociedad que empieza a ver crecer las semillas del progreso bajo el prisma de un impulso poblacional, económico y cultural.

La situación se transforma a fines del siglo XI. Una revolución con múltiples causas permite a “nuestros países” llevar a cabo la conquista económica del mundo. Sin duda, no todo cambió; pero todo tendía a mejorar: fin de las invasiones, progreso del poblamiento, facilidad creciente de las relaciones, ritmo acelerado de la circulación, mejores condiciones monetarias –de donde el resurgimiento del salario–, múltiples circunstancias que obraron sobre “toda la contextura de las relaciones humanas” y, por consiguiente, sobre los caracteres del feudalismo (p. 9).

En el nuevo ambiente que se nos presenta, la ciudad va a adquirir una relevancia que no tuvo en siglos precedentes en detrimento de lo rural. La dinámica social de la que se carecía anteriormente, resurge dotando de vida los núcleos urbanos con los gremios de artesanos, el ajetreo comercial o la transacción de conocimiento desde las universidades.

La ciudad medieval es un espacio social diferenciado de la aldea y del castillo; con variedad de actividades: artesanos, comerciantes, intelectuales; grupos heterogéneos de población, importancia del dinero y la propiedad mobiliaria, menor sometimiento y lazos de dependencia, contrastes de fortuna y mezcla de formas de vida, servicios públicos (universidad, hospitales, baños, tabernas). Se concentran lugares sagrados (catedral, iglesias, conventos) y profanos (tabernas y prostíbulos). La ciudad medieval es la fuerza que transforma el feudalismo y permite el desarrollo de nuevas relaciones sociales; el paso […] de la comunidad a la sociedad (Carmona Fernández, 2001, p. 72)23.

Sin duda, esta tercera etapa medieval es la de mayores contrastes. Por un lado, discurre la vida abierta de las ciudades que, como acabamos de ver, es muy fluida, de gran viveza pero, por otro lado, paralelamente está instalado otro tipo de vida cerrada y exclusiva que es la vida de los monasterios, las iglesias, las catedrales y demás recintos de corte espiritual. La literatura no será ajena a esta realidad dicotómica y se ajustará al ambiente en el que repose: cuando se ubica en una atmósfera clero-estatal adquiere unas formas cultas, serias y refinadas; por su parte, si se traslada a entornos urbanos se convierte en tonos populares, divertidos24, festivos, con cierto aire extravagante (Bajtín, 1990). Ambos estilos cohabitarán sin mayores traumas, quizá porque se encontraban bien delimitados: uno intramuros, y otro, a pie de calle.

El público de lectores de los monasterios es sustituido por el público de los receptores orales que en las ciudades, aldeas, castillos y palacios reciben los mensajes de los juglares, en los que, con frecuencia, se conjugaba la información con la representación escénica (Gutiérrez Carbajo, 2008, p. 14).

Es evidente que en la Edad Media el pueblo llano es consciente de la elaboración literaria de los monjes, al mismo tiempo que sabe de la imposibilidad de acceder a tales escritos, fundamentalmente por la condición de analfabetismo que imperaba en la mayoría del pueblo, al menos hasta el siglo XIII (Chartier, 2006). Por eso, en esta época, la tradición oral va a ser crucial para asegurar, en cierto modo, los aspectos culturales e informativos de entonces (Wischer, 1989). La figura del juglar y del trovador se hace muy presente, siendo los custodios y responsables de la transmisión de la literatura oral en lengua romance, a diferencia de la figura del poeta, que en este período era el que escribía literatura en latín. Este tipo de literatura de juglares y trovadores, era cantada y estaba suscrita tanto a los temas épicos como líricos. La musicalidad y temática de este tipo de literatura queda patente solo con observar los títulos de las obras o la denominación del género “cantares de gesta”.

En el texto escrito conservado no faltan los indicios de oralidad: las denominaciones de los géneros, cantar de gesta o cansó (canción amorosa provenzal) refieren a su ejecución oral; las partituras musicales conservadas, las variantes textuales, las repetidas apelaciones al público que escucha, la intercalación de canciones en la narración; la presentación de la actividad narrativa con verbos que refieren a la ejecución oral y la recepción auditiva (recitar; hablar; contar o escuchar; oír). Hasta el héroe épico se esfuerza en el combate para que no se cante de él mal cantar (Chanson de Roland, vv. 1014, 1466, 15167 en Carmona Fernández, 2001, p. 126).

La propaganda que vehicula el arte en general y la literatura en particular, es digna de mención, y la labor de trovadores y juglares es fundamental para ello, aunque en un principio la alta jerarquía no fuese consciente de esta cuestión.

También hay que significar que es este período un momento en el que se establecen los reinos hispánicos. Este hecho tiene cierta envergadura porque España va a ser un crisol de culturas, en donde la literatura de las diferentes realidades se va a mezclar dando como resultado un interesante mestizaje artístico-literario que llega hasta nuestros días25. Y no debemos dejar de mencionar el lugar que tiene el gótico en esta etapa, como modelo de tránsito hacia el horizonte de una nueva sociedad y, con ella, una nueva cultura.

Finalmente, queda por mencionar la última fase de la Edad Media que se establece a lo largo de los siglos XIV y XV, si bien este último es la puerta de entrada a un nuevo estilo en todos los órdenes de la vida, siendo un siglo que algunos autores denominan de prerrenacimiento. Este último período del bajo medievo no podía por más que ser de crisis, primero, porque es la antesala a un nuevo ciclo de resplandor, y segundo, porque si miramos con cierta retrospectiva el milenio medieval y lo tenemos que caracterizar de alguna manera, esta sería la de un período nada convencional en donde las luces y las sombras se han ido sucediendo a partes iguales, en un itinerario que se asemejaría a formas de dientes de sierra. La crisis se asienta sobre una serie de problemas graves concatenados, iniciados por la catástrofe de la gran hambruna, en los primeros años del 1300, derivada de los desgraciados acontecimientos climáticos que se dan en una considerable proporción de Europa y que va a afectar irreversiblemente a las cosechas. Estas dificultades del sector primario desembocan en una crisis económica por la elevación de los precios de los productos de primera necesidad y, como consecuencia de todo ello, se genera un ambiente de carencia de recursos y pobreza extrema que lleva a la muerte a grandes cuotas de población26.

Por si fuera insuficiente, al poco tiempo de superado dicho problema se avecina un nuevo drama que asola Europa: la peste negra va a mermar la población de una manera significativa con el consiguiente retroceso en lo social, económico, político, religioso y cultural. De manera que en estos límites hay que situar la literatura, que difícilmente se iba a poder desarrollar si las necesidades primarias no estaban cubiertas. Ya cerrado el siglo XIV, se sale de la crisis con un aumento progresivo de la población que generará una nueva inercia en todas las esferas del discurrir de la vida hasta desembocar en el Renacimiento.

Por lo que respecta a los géneros literarios de la Edad Media, podemos decir que estos tienen su razón de ser en congruencia con según qué estamento social representa. Así, aparte de los ya mencionados cantares de gesta, que están encuadrados dentro de la poesía y cuya temática era fundamentalmente de tipo heroico que promocionaba a los nobles guerreros, también tenemos los romances y libros de caballerías que son una evolución de aquellos. La lírica se cultiva en diferentes vertientes y aspectos: una es de temática amorosa (el amor cortés); otra de tono religioso que es el mester de clerecía, realizada por el clero27; y los debates, que focalizan su atención en la disputa de un dilema28.

En lo correspondiente al teatro, podemos decir que en las primeras fases de la Edad Media apenas tiene presencia, si no es como acción poco elaborada, siempre en el ámbito eclesial y dentro de actos festivos, ya que la posible herencia del teatro clásico quedó denostada, como casi cualquier atisbo de cultura (VV. AA., 1991). Ya en la etapa carolingia y tardocarolingia, el teatro adquiere cierto brío de aires nuevos, en donde sigue siendo la iglesia el lugar de representación, pero ya se empieza a permitir la participación de los fieles en la escenografía. Empezarán a darse ciertas tensiones entre la tradición de un teatro enfocado hacia las representaciones de pasajes religiosos, y los nuevos “recursos espectaculares propios de los mimos e histriones, auténticos albaceas de la teatralidad y por ello ferozmente condenados por la iglesia” (Massip, 1992, p. 15). En la etapa de desarrollo de los burgos medievales el teatro se traslada a la plaza pública representando acciones cómicas y divertidas.

Por lo que respecta a la prosa, es un género muy amplio y variado cultivado desde distintas ópticas, como pueden ser la del ámbito científico, la historia, lo jurídico o lo propiamente literario, entre otras.

LA LITERATURA DEL RENACIMIENTO: UN NUEVO CICLO

Mencionar el Renacimiento es como hablar de una espléndida primavera que se presentase después de un crudo invierno. En esta eclosión del talento a todos los niveles, hay que advertir un cambio de paradigma vital. Si el progreso necesita una alteración contundente de estructuras, es a partir del siglo XV29 cuando un mundo de transformaciones rompe con lo anterior. Se hablará de Renacimiento porque se vuelve a poner el énfasis en las bondades que el clasicismo llevó a una época dorada a las civilizaciones griega y romana, que son el patrón para la regeneración del esplendor perdido. Y curiosamente, ese nuevo renacer tendrá su base geográfica en la Italia que 1500 años antes había vestido de laurel las distintas capas de la vida cotidiana (Heller, 1994).

La modificación principal que sobreviene y que va a ser el germen de todas las demás, es la de la mentalidad. Esta se va a fundamentar en una visión de la vida auspiciada por un antropocentrismo que va a dar protagonismo al ser humano, frente al teocentrismo trepidante que era óbice para que el humanismo se pudiera desarrollar en plenitud. Ese cambio de mentalidad viene dándose ya desde los siglos XII y XIII, cuando el burgo va adquiriendo mayor presencia y va imponiendo toda la fuerza de su dinamismo. Pero si el cambio de mentalidad es un elemento primario en la composición del Renacimiento, no lo es menos, sobre todo en cuanto a la literatura se refiere, la invención de la imprenta. Este hecho es un hito histórico sin precedentes, pues marcará el desarrollo de las sociedades durante siglos sin duda alguna (Maritain, 2004), al igual que las tecnologías de la sociedad de la información y la comunicación son la revolución de nuestra época que perdurará durante muchas generaciones.

El desarrollo de la imprenta va a permitir que los textos se multipliquen de una manera inusitada. Eso conlleva a que el conocimiento se propague como nunca antes lo había hecho, y si el conocimiento y la información se propagan ampliamente, las sociedades avanzarán en los mismos términos (Escarpit et al., 1974). Poder producir, reproducir y expandir el conocimiento va a dar como resultado una economía del tiempo más eficiente. A todo ello, hay que sumarle que el Renacimiento es coetáneo a las singladuras aventureras que ampliarán el mundo a límites más allá de lo hasta entonces conocido. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo y la multiplicación del conocimiento por la imprenta, la cultura se expandirá con una facilidad extraordinaria (Williams, 1992b). No es entonces de extrañar, que sea el siglo XV el momento temporal en el que se acuña la palabra literatura, habida cuenta de que antes del surgimiento de la imprenta, y desde el siglo VI, la producción de libros (manuscritos) en Europa era de una media de poco más de un millón de ejemplares por siglo, mientras que a partir de la imprenta, y hasta el siglo XVIII, la media es de algo más de cuatrocientos treinta y seis millones de ejemplares impresos por siglo, es decir, unas 386 veces más que en la fase anterior, según cálculos sin redondear (Díez-Borque, 1995).

Como venimos haciendo hasta ahora en este breve recorrido histórico-literario para ver la evolución de la literatura, tenemos que dar un punto de vista sociológico a la literatura renacentista que no se puede apartar de las avenencias sociales de la época que la van a marcar. En la época del Renacimiento hay un avance en la mayor parte de las esferas de la vida: en lo social, con un aumento considerable de la población; en lo económico, con un fuerte empuje en la producción de mercancías y del comercio que aceleran el enriquecimiento y la prosperidad; en lo cultural, por una nueva revolución intelectual que rompe con el encorsetamiento al que estaba sometida la cultura; y en lo perceptivo, teniendo una cosmovisión renovada de las cosas y cambiando las ideas y estilos de vida (Heller, 1994). Esto último es significativo en el discurrir de la dinámica social del Renacimiento.

La sociedad feudal anterior estaba apegada al factor material de la tierra, a la gestión y rédito del espacio. Las tierras eran las que se tenían que trabajar y los dueños de esos terrenos eran los que ostentaban el poder. Sin embargo, en el Renacimiento se precipita el factor tiempo como algo importante en contraposición al espacio medieval. El tiempo y su gestión generan riqueza y por lo tanto es bueno administrarlo bien. La sociedad del Renacimiento se mueve alrededor de la eficiencia del tiempo, por eso posiblemente los avances tecnológicos y científicos que se originan van a admitir una racionalización del mismo, lo cual permite obtener ganancias. La imprenta, los descubrimientos científicos y su amplia difusión gracias a Gutenberg, la era de los viajes y los avances para que estos sean cada vez más rápidos, todo está apegado a una economía del tiempo.

Todo esto nos acerca a una época burguesa, época de economía monetaria. Al capital en dinero, a la propiedad mueble, se asocia al poder afín del tiempo, pues este, visto desde este ángulo, es dinero. Es la gran fuerza liberal frente a la fuerza conservadora del espacio, de la propiedad inmueble, de la del suelo. En la Edad Media monopolizaba el poder quien fuera dueño de la tierra; por lo tanto, el señor feudal; pero ahora, quien supiera aprovechar el dinero y el tiempo, sería señor y dueño de todas las cosas. Estos son los instrumentos nuevos del poderío burgués: dinero y tiempo, ambos fenómenos de movimiento. “Para expresar el carácter absolutamente dinámico de este mundo no hay símbolo más claro que el del dinero… cuando este no se mueve deja de ser dinero en el sentido propio de la palabra… la función del dinero es la de facilitar el movimiento” (Simmel). La misma capacidad de circulación del dinero comparada con la inmovilidad del suelo refleja cómo ahora todo se ha convertido en movimiento. El dinero, que todo lo transforma, trae al mundo una gran inquietud y lo pone en constante cambio. Todo el ritmo de la vida acelera su intensidad. Se impone el concepto moderno del tiempo, como un valor, como una mercancía útil. Se percibe que el tiempo es algo fugaz, algo que se escapa, y se trata de retenerlo. Desde el siglo XIV resuenan, en todas las ciudades italianas, las campanas de los relojes, contando las 24 horas del día, y así recuerdan que el tiempo es escaso, que no debe perderse, sino administrarse bien (von Martin, 1981, pp. 32-33).

Es, pues, una concepción del mundo de la eficiencia, del aprovechamiento, como si hubiera ganas de ganar el tiempo perdido de los siglos precedentes, trayendo al Renacimiento las enseñanzas virgilianas bajo el espíritu del tempus fugit, mezclada con la horaciana del carpe diem. La sociedad ha cambiado irreversiblemente y tiene tintes individualistas, encarnada en una burguesía comercial y financiera que, para la cultura, sería su gran mantenedora30. La sociedad que se nos presenta es mercantil y empieza a centrarse en el capital, en la acumulación del dinero. Las cosas hay que hacerlas con cierta inmediatez porque el tiempo individual es más corto que el tiempo colectivo.

La anterior economía de consumo no era acumulativa porque los bienes, fundamentalmente los que genera la tierra, son perecederos. Sin embargo, en la nueva economía renacentista los bienes están basados en el capital, y el dinero se puede acumular ahorrándolo (von Martin, 1981) o invirtiéndolo. De este modo, la literatura, como todas las artes, va a encontrar amparo en estas formas de patrocinio que a unos les permite la posibilidad de hacer realidad los proyectos que guardaban sus talentos y de ganarse un prestigio y una cierta posición social, y a los otros les reportará la influencia y el poder del que, en inicio, carecían. De hecho, esa paulatina prosperidad que va a ir desarrollando el artista está unida al concepto de “genio”. Con respecto al autor de una obra va a aparecer y se va a ir madurando dicho término, en el estadio renacentista derivado de lo que supone la propiedad intelectual como parte propia de la originalidad de una obra que está asociada al subjetivismo de un artista. Efectivamente, “para la Edad Media la obra de arte tenía solo el valor del objeto; el Renacimiento le añadió también el valor de la personalidad” (Hauser, 1978, p. 411).

Por otro lado, el ambiente que bañaba de religiosidad todo el panorama medieval se va a ir mitigando, no desde un punto de vista rupturista y definitivo, pues la sociedad del renacimiento sigue siendo creyente y no aparta a la deidad de su pensamiento, pero sí lo aleja de su dimensión terrenal.

La metafísica ya no interesa. El mundo, en el cual nos acomodamos, se ha convertido en un mundo sin Dios. Puede Dios seguir existiendo, pero ya no está dentro del mundo en que vivimos, como lo estaba en la Edad Media: “ha huido del mundo”, como algo que le era extraño. Esta secularización de la mentalidad burguesa se funda en la experiencia práctica, bien se trate de pensar según las categorías de una técnica científico-natural, como hace Leonardo, o bien de una técnica política, como hace Maquiavelo (von Martin, 1981, p. 39).

Así pues, el alejarse de esa inmanencia omnirreligiosa va a suponer un avance social que se verá reflejado en todas las artes, ya que de la irracionalidad de la fe se pasa a una secularización que permite la emancipación del pensamiento, que va a posibilitar “saber para ‘intervenir’ en la naturaleza, se trata de entender las cosas para así poder dominarlas, y realizar los fines de poder propuestos” (p .41). Son las bases donde se implanta el humanismo que defiende una prevalencia del ser humano en las cuestiones terrenales, dejando la religión en otra dimensión más espiritual.

De la misma manera, el público tomará una posición del arte por el arte (Furió, 2000), cuestión impensable antes, ya que el arte era valorado desde el punto de vista de la experiencia de vida y la religión. Los grandes abanderados de este movimiento humanista son Francesco Petrarca (cuyo Cancionero va a ser el molde de referencia para toda la literatura renacentista) y Erasmo de Rotterdam, si bien esta tendencia que nace en Italia se expande con rapidez y firmeza por toda la Europa de los siglos XIV al XVI.

Ante todo este ambiente, el canon renacentista marca su línea argumental bajo las características siguientes: a) una vuelta a los patrones artísticos grecolatinos que son admirados y se toman como referentes para sus creaciones. El universo mitológico de Grecia y Roma, los autores clásicos como Horacio o Platón, son la seña de identidad para la construcción renacentista, b) aparición de un nuevo ideal de belleza. Lo bello se encuentra en la naturaleza, la cual se nos presenta de una manera idealizada y como un elemento armonizador del paisaje. Por eso la naturaleza ha de ser la pauta para la creación artística y, c) la lírica amorosa incubada en el dolce stil nuovo. Supone un “nuevo estilo” heredado del ideal platónico que se suma al amor cortés de la etapa medieval y aporta el sufrimiento que, paradójicamente, es, digámoslo así, satisfactorio porque el desprecio, la falta de afecto o, en definitiva, no correspondencia amorosa, forma parte del engranaje del juego del cortejo (Battisti, 1990).

Los temas de interés de la época renacentista quedan recogidos bajo el soporte fundamental de la lírica, la narrativa y el teatro. De la lírica ya hemos comentado que los temas amorosos, mitológicos y sobre la naturaleza eran los más comunes. Sobre la narrativa, desde Italia se desarrollan temas asociados a la burguesía y, por ello, con relación al ámbito urbano, se narran cuentos de forma satírica, cuya función social fundamental es la de entretener y divertir al lector con ingeniosas situaciones. En cuanto al teatro, se recurre con frecuencia a reminiscencias del clasicismo y los temas de amor y aspectos tragicómicos, que son los de mayor uso del género, amén del drama isabelino propiciado en Inglaterra, que da originalidad y renovación respecto del resto del teatro europeo. Serán muchos los autores que hagan fértil esta época con sus creaciones: desde el magnífico trío italiano de los Dante, Petrarca y Bocaccio, hasta los míticos Cervantes y Shakespeare, con sus obras maestras que quedan para siempre en un lugar privilegiado en la historia de la literatura, pasando por los Ariosto, Garcilaso, Camoens, Rabelais, Marlowe, por poner ejemplos de diferentes países, y tantos otros que no citamos aquí pero que tienen también una grandísima relevancia.

LA LITERATURA BARROCA: PESIMISMO, CONFUSIÓN Y RECARGAMIENTO

Llegamos al siglo XVII imbuidos en un ambiente donde, si hay una palabra que caracterice a esta época, esa es la de contraste. El Barroco31 se nos presenta como una época rupturista con la homogeneidad clasicista del Renacimiento. El contexto en el que las sociedades de esta época se mueven, gira en torno a tres elementos que van a marcar su manera de ver las cosas: uno es el religioso, ya que la religión va a adquirir un nuevo impulso generado por las disputas entre los países que profesan el catolicismo frente a los consagrados al protestantismo; otro es el político, con el establecimiento de dos sistemas distintos, el absolutismo o el parlamentarismo, que se asentaban en según qué territorios y dirimían sus diferencias; el tercero y fundamental, en el devenir artístico y literario, es el social, en tanto que la cultura se parapeta en el pueblo mientras la burguesía va a ir siendo la acaparadora de grandes influencias y, por ello, el referente, primero en lo relativo a lo cultural, y posteriormente, en todas las esferas de la vida que se verá refrendado fundamentalmente en el siglo XVIII; en lo político, en lo social y en lo económico (De Riquer y Valverde, 2009b).

Si en el Renacimiento era el hombre el centro de todas las cosas y por ello el dominador de un todo armónico, en el Barroco, con el surgimiento de la teoría heliocéntrica, el ser humano queda relegado a un plano minúsculo, secundario, que le va a acomplejar por la pérdida de ese orden vital en el que previamente estaba ubicado y centrado. Por ello se establece un momento en donde la duda, la confusión y el pesimismo acaparan todo el ambiente. Dicho esto así, nos parece que el Barroco no es en absoluto una fuente de virtudes. Para los que añoraban el Renacimiento y para los ilustrados tampoco suponía el Barroco una etapa digna de admiración, ya que la veían como algo en donde la regla era, precisamente, la ausencia de reglas, el exceso, lo ridículo, lo sumamente recargado.

Sin embargo, a partir de finales del siglo XIX, el sentido peyorativo que se le venía otorgando al Barroco se va a ir mitigando cuando en los análisis más profundos que se hacen de esta época se descubren las virtudes que tenía (Aguiar e Silva, 1996). Es cierto que el Barroco será una época de matices. Por un lado, se vive una situación de crisis económica extraída de la bonanza que venía dándose desde las grandes empresas aventureras, que culminaron con el descubrimiento del Nuevo Mundo y el reporte de riquezas sostenidas que se prolongaron en el tiempo hasta el siglo XVII, tiempo en el que las dificultades comerciales y el desabastecimiento de alimentos lleva a una época de grandes hambrunas, sobre todo en la cuenca mediterránea. Esta situación conduce a la sociedad a interesarse significativamente por los avatares de la política, la economía y la norma social, porque desconfía de una situación que en cuestión de momentos puede tornarse trágica o gloriosa. Se vive un ambiente de desconfianza e inquietud por las posibilidades de ascenso o bajada en la escala social, en donde parecía que nada estaba asegurado. También los conflictos derivados de las desavenencias entre católicos y protestantes van a desembocar en la Guerra de los Treinta Años, recrudeciendo la situación de la población que queda bastante deprimida y mermada.

El siglo XVII es un momento histórico-temporal en el que se da un paso atrás en la concepción de las cosas, hasta tal punto que se dan situaciones de cierta similitud hacia lo medieval en algunos aspectos y en algunos territorios (Maravall Casesnoves, 2012). Por su parte, la realidad se presentó a la inversa en los Países Bajos e Inglaterra, que supieron encontrar vías alternativas en la conexión comercial con Oriente, lo cual supuso la prosperidad y crecimiento de estas zonas. Podemos decir que el Barroco acontece de forma diferente siendo más positivo o más negativo dependiendo de la región geográfica de la que hablemos, y también, dentro de un mismo espacio geográfico, el Barroco puede ser positivo en unas esferas de la realidad y negativo en otras32. Es por eso que desde el principio decimos que el Barroco es un tiempo de auténticos contrastes, de situaciones contrapuestas.

Por lo tanto, frente a las dificultades que se presentan de forma general en la época barroca, la cultura no se ve afectada en sentido negativo. Registra una situación distinta a la del precedente renacentista, pero se manifiesta con esplendor y altura al hacer de la necesidad una virtud. Así, por ejemplo, el caso de la ciencia que va a tener un desarrollo y expansión muy significativos. La ciencia se propuso ocupar el vacío que dejaba el humanismo para dar respuesta a todo lo que la naturaleza ofrecía en su infinitud. De lo ilimitado se instala una sensación de vacuidad que hay que llenar, lo cual va a generar una posición favorable al horror vacui. La nueva posición en la que queda el hombre en el universo, le hace vulnerable y se da cuenta de que todo está por descubrir y que la realidad es a veces imaginaria. Para destapar la verdad se debe hacer un ejercicio de indagación, de investigación de las cosas que revele lo escondido. Esta nueva noción de la realidad acelera el desarrollo de la ciencia que se lanza en busca de la verdad, pero marca también, el camino del arte en general y de la literatura en particular, que se centra en temas relacionados con lo ilusorio, la ensoñación, lo onírico, como un anhelo de lograr lo inalcanzable. La cultura es, en definitiva, el gran motor que sustenta el Barroco, y si la misma era de fundamento aristocrática en el Renacimiento, en el siglo XVII será en esencia, de carácter popular-cortesano, con cierta impronta burguesa (Maravall Casesnoves, 2012).

Hay que tener en cuenta que la cultura, y por ende la literatura, se torna hacia el pueblo y de este modo se establece dentro del ámbito de lo urbano (Elias, 1993). La literatura se va a convertir en el medio propicio para llegar a las masas. De ello se percata el poder y no deja pasar la oportunidad de aprovechar tan gran altavoz. Por eso, el poder se va a convertir en esta época en los sufragadores de la causa artística. Por su parte, los literatos serán grandes observadores de lo cotidiano convirtiéndose en una especie de sociólogos que escriben bajo el manto de la estética.

Se describe la realidad de la época de manera que se narran hechos que tienen que ver con lo desgraciado, con lo idílico y con lo picaresco. La acumulación de pobreza en algunos territorios de Europa genera una realidad de desheredados y mendigos. De estas realidades aquellas narraciones; si la guerra y el hambre deshabilitan la dignidad humana y habilitan la picaresca, estos son hechos desgraciados que inspiran a la literatura. Si de las situaciones extremas el ser humano anhela el sueño de una situación mejor, el arte soporta tal imaginario. La mirada hacia la cruda realidad es una mirada abierta, observadora y transportadora desde los ojos a la mente y de la mente hacia el diálogo del arte. Será esta una sociedad donde empieza a primar lo visual: así en la pintura, en la literatura, en el teatro. Este último va a adquirir una gran presencia y aceptación precisamente por lo que acabamos de referir: se tiene una sensación de que el mundo y la vida son, por analogía, un teatro y su función. Es la representación de la realidad dentro de un escenario, de lo que se ve en la vida, y por lo tanto la mezcla entre lo verdadero y lo mistificador, porque parte de lo que hay en la escena es real, pero otra parte es ilusoria (Maravall Casesnoves, 2012).

El período barroco es, por lo tanto, de mucho dinamismo, de gran heterogeneidad, de una permanente convulsión en la búsqueda de todo para que nada quede vacío. Por eso se está en la indagación de nuevos estilos: así en las artes en general y la literatura en particular, en donde lo que prima es la ornamentación, la suntuosidad, en fin, lo retórico. No es que sea esta una época rupturista con el Renacimiento, es un estadio donde los conceptos de la etapa anterior son revisados, renovados, por lo que a lo ya existente se le hacen añadiduras utilizando técnicas nuevas. De ahí el recargamiento. En la literatura el aspecto del tiempo, en sentido negativo, es recurrente. Recordemos que el tiempo era un factor elemental en el Renacimiento, sobre todo como vía de riqueza frente al espacio o gestión del terreno. En el Barroco el tiempo se concibe de manera angustiosa, como algo limitado y se da una obsesión por la fugacidad de ese tiempo, por lo efímero de las cosas. Y así se refleja en la literatura del momento. Con la finalización del Barroco se dará paso al siglo XVIII en donde tendrá lugar el surgimiento de la ciencia sociológica y los cambios sustanciales en el tratamiento de la literatura.

CONCLUSIONES

La literatura, como hemos visto, es un modo de expresión del ser humano y se incluye, como todas las artes, dentro del ámbito de lo cultural. La cultura es algo muy amplio y por lo tanto muy difícil de acotar por medio de una definición única, sobre todo cuando podemos explicarla desde distintos puntos de vista como son el sociológico, el antropológico, el psicoanalítico, el humanístico o de otras disciplinas. Desde un punto de vista sociológico, que es el que nos interesa, podemos tomar la definición que dio Fischer (1992, p. 19) sobre el asunto: cultura es “el progreso intelectual y social del hombre en general, de las colectividades, de la humanidad”. Visto así, la cultura se refiere a la afinidad que tienen los miembros de una sociedad que comparten unos conocimientos, que forman parte de una particular visión del mundo y además se introduce la palabra “progreso”, en referencia a la característica de desarrollo que tienen las sociedades para con su cultura de cara a su futuro y afianzarse como patrimonio cultural distintivo o definitorio. Muy ligada a esta definición está la que nos otorga la antropología, que entiende la cultura como todo aquello que tiene que ver con las formas de vida de las gentes, de los grupos humanos, de sus valores, usos y costumbres, normas, cómo se organiza, en definitiva, un grupo social.

En este marco de referencia de la literatura como un hecho cultural, a caballo entre lo sociológico y lo antropológico, podemos expresar que después del Barroco nacerá una disciplina, la sociología de la literatura, que se centra en el análisis de las relaciones entre la vida cambiante y las obras literarias, lo que el ser humano vive y cómo lo refleja. Será el colofón al proceso de años de relación entre las historias narradas y los grupos humanos, entre la literatura y la sociedad. En este sentido, los autores literarios no hacen sino reflejar las formas de vida del grupo al que pertenecen y defienden, de alguna manera, sus creencias, costumbres y valores. El autor es el propagador de esa visión del mundo instaurada en el grupo de pertenencia, y da sentido a su obra, no solo para propagar los valores del grupo al que pertenece, sino también, para perpetuar de alguna manera los mismos, construir y reconstruir los aspectos culturales que lo enriquecen y ponen de manifiesto su idiosincrasia como grupo que pretende ser dominante.

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3 El Lineal A era un sistema de escritura prehelénica utilizada en Creta por la cultura minoica desde los siglos XVII al XV a. C. aprox., del que apenas tenemos unos pocos vestigios y es la predecesora del Lineal B (siglos XV al XIII a. C. aprox.), que es el sistema de escritura silábica utilizado con anterioridad al sistema alfabético griego. Desde el año 1200 a. C. hasta ya adentrados en el siglo VIII a. C. se da un vacío de lo escrito casi absoluto en las inmediaciones del territorio heleno.

4 Hay que tener en consideración que la realidad de lo escrito viene derivada de la anterior tradición oral en la que las figuras de los aedos y los rapsodas marcan el inicio de la literatura, es decir, que estos cantores de epopeyas simbolizan el momento embrionario de la literatura.

5 No existen pruebas de esa escritura comercial con fecha anterior porque los textos eran escritos en materiales perecederos como pieles o papiros, que son altamente degradables en su exposición con el ambiente. Posteriormente las inscripciones comerciales se van a realizar sobre un soporte de plomo, lo cual asegura su permanencia.

6 En Grecia el término hace alusión a la unión de poblaciones pequeñas e independientes en una sola. Esa unión le va a reportar mayores beneficios en todos los sentidos, como por ejemplo el de adquirir una mayor seguridad frente a amenazas bélicas externas.

7 En otras épocas y sociedades ni la escritura ni la lectura estarán tan al alcance de la mano como en la civilización griega. Así, en la Edad Media, quedará prácticamente en manos del clero sin que haya, por lo tanto, posibilidad de expansión cultural.

8 Fue Aristóteles a quien se le atribuye una clasificación clásica de los géneros literarios.

9 Que sean los más antiguos de los que tengamos constancia no significa que sean los primigenios. Es evidente que el nivel de elaboración de la Odisea o la Ilíada no corresponde con algo original. Hasta alcanzar ese nivel de elaboración tuvo que haber precedentes más toscos que sirvieran como base a la realización de estas obras.

10 La cursiva es del autor del artículo.

11 A diferencia, recordemos, de la lírica en donde lo monódico se realiza en eventos privados para la aristocracia y lo coral se recitaba en espacios públicos para todo el pueblo..

12 Para los griegos, las obras épicas de Homero no eran solo poesía, sino que formaban parte de la narración de sucesos (aunque fueran mitológicos) que, de alguna manera, entroncan con su ambiente vital. Por lo tanto, se podría decir que también forman parte de una obra previa de historia o una obra protohistórica como dicen los entendidos (Furió, 2000).

13 No todos los ciudadanos tenían la misma destreza a la hora de tener que utilizar la oratoria como fin persuasivo. Es por eso que los menos capacitados en el arte de la persuasión contrataban los servicios de un logógrafo para que les escribieran los discursos mejor adaptados a su defensa. Discursos que posteriormente eran memorizados y recitados ante el Tribunal.

14 De ahí se derivan palabras como latifundio que significa “finca rústica de gran extensión” según el Diccionario de la Lengua Española. Vigésimo segunda edición.

15 Sic.

16 El derecho es algo primario para la construcción del imperio. De hecho, sin la unificación del mismo no se hubiese dado solución a la diversidad jurídica que había por las múltiples entidades legales existentes amparadas bajo diferentes constituciones que desembocarán en el Codex Iustinianus, raíz de los sistemas jurídicos modernos, que permitió la concesión de ciudadano romano a todos los pobladores del imperio.

17 Como la famosa Ley de las doce tablas.

18 Hay que hacer notar que la magnitud geográfica alcanzada por el Imperio romano habilita una vastedad en la narración histórica, pues la historia entonces se acomoda a las vivencias experimentadas en los viajes, que en Julio César son múltiples y remotos.

19 Hoy en día parece estar superada la noción de que la época medieval fuera un período totalmente oscuro y negativo. Los aspectos negativos relacionados con su origen tienen cierta lógica debido a los tiempos convulsos en los que se establece, ya que se constituye con un cambio drástico de estructuras. Sin embargo, cuando la Edad Media se consolida, cuenta con aspectos positivos que serán referencia para logros futuros (Weber, 1956). Así, podemos citar cómo instituciones tan importantes como la Universidad nacieron en el seno de esta época.

20 Es lo que viene a denominarse como Cesaropapismo, en donde cada uno cede a la otra parte el universo simbólico que mejor maneja; en el caso de la Iglesia, cede en parte al Estado el poder asumir un origen divino de los reyes, mientras que por su parte el Estado cede, de algún modo, la fuerza de algunas estructuras de poder.

21 Si algún aporte hay que otorgarle a los bárbaros para con la literatura, este es el de ser los iniciadores de los nuevos dialectos derivados del latín como consecuencia de la amplia disgregación de los reinos germánicos, que darán pie a las diferentes lenguas nacionales (Williams, 1992a).

22Va a ser esta la época de la creación de la llamada “minúscula carolingia”, que permite escribir los textos en letra minúscula dotando la destreza de la escritura de mayor rapidez y, por consiguiente, permitiendo que los textos se elaborasen con mayor premura. En la antigüedad clásica la escritura se hacía con letras mayúsculas, lo que significaba una labor más pausada debido, entre otras cosas, a la imposibilidad de encadenar letras enlazadas. Con la minúscula carolingia se facilita la elaboración de manuscritos y copias de textos de una forma más estandarizada.

23 El sentimiento comunitario que en principio tiene asimilado el feudalismo se hace notar en la propia literatura, cuando vemos que la mayoría de los textos medievales no tienen autoría reconocida. El anonimato explica ese carácter comunitario y nada individualista de la obra literaria, cuyo fin es ser propagada oralmente, cantada por juglares y trovadores, independientemente de que estos las crearan previamente sobre el pergamino o no.

24 Es la “cultura de la risa” que menciona Bajtín, en donde lo divertido, lo lúdico, era de carácter popular y estaba repudiada por la cultura oficialista, seria, de la esfera política y religiosa. De esta manera la risa había sido aislada de la cultura “autorizada” sin tener cabida en ella.

25 Como ejemplo podemos mencionar las jarchas, que son composiciones de tipo amoroso que formaban la parte final de las moaxajas, que era un tipo de poema compuesto en dialecto hispano-árabe vulgar y que estaría encuadrado dentro de la lírica popular.

26 La desesperación llega hasta tal punto que el canibalismo queda documentado como hechos que se dan con relativa frecuencia, producto de la situación. Lógicamente el caos imperante que conlleva la carencia de recursos hace que se precipiten más problemas como situaciones de saqueo y enfermedades.

27 Los clérigos no tienen por qué ser sacerdotes; pueden ser nobles que están dedicados a desarrollar la scriptoria artesanal en los monasterios.

28 Para algunos autores, los debates representan el origen del teatro medieval.

29 De ahí se derivan palabras como latifundio que significa “finca rústica de gran extensión” según el Diccionario de la Lengua Española. Vigésimo segunda edición.

30 Dinastías como la de los Fugger, los Médicis o los Welser, fueron grandes mecenas de la época financiando monumentales proyectos artísticos.

31 Este vocablo viene derivado de la misma palabra utilizada en la lengua portuguesa del siglo XVI para designar unas perlas multiformes e irregulares y de menor valor que las convencionales, pero también se deriva de la palabra italiana Barocco que hacía referencia a argumentos falsos y retorcidos. De la combinación de ambas derivaciones llegó la palabra a Francia en donde baroque significaba extravagante. De ahí su originario sentido peyorativo (Aguiar e Silva, 1996, pp. 256, ss.).

32 Por ejemplo, en el caso del Barroco español, la situación política y militar está en clara decadencia y la ciencia y la filosofía, que de forma generalizada tienen una gran proyección en Europa, se postergan bajo el auspicio de la Inquisición que hace pasar por la explicación divina todo lo que venga del hombre y la naturaleza; sin embargo, en el mundo del arte, España se convierte en un referente superior. Así, los genios pictóricos como Zurbarán o Velázquez, los de la arquitectura como los hermanos Churriguera o Gómez de Mora, o los de la propia literatura como Quevedo, Lope de Vega o Góngora, que con sus talentos permitieron que a este siglo en España se le conozca como “Siglo de Oro” (Del Río, 2011).

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ISSN: 1794-3841 - e-ISSN: 2422-409X - DOI: https://doi.org/10.15332/2422409X