DOI: http://dx.doi.org/10.15332/ s0120-8454.2018.0093.07

Artículo de investigación

El filósofo: hombre, héroe, maestro*

Andrés Escobar Vásquez**

** El texto es un artículo de reflexión producto de las indagaciones y reflexiones realizadas para la consecución de la tesis en procura del grado de Magíster en Filosofía de Universidad Pontificia Bolivariana, Sede Medellín. Citar como: Escobar, A. (2018). El filósofo: hombre, héroe, maestro. Análisis, 50(93), 411-426. DOI: http://dx.doi.org/10.15332/ s0120-8454.2018.0093.07
** Licenciado en filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, Sede Medellín. Magíster en Filosofía y Ética, docente de cátedra de la misma universidad. Correo electrónico: Email: andres.escobarv@upb.edu.co. Orcid: https://orcid.

Recepción:7 de agosto de 2017/ Aprobación: 23 de octubre de 2017


RESUMEN

Podría considerarse que la filosofía con el pasar de los siglos se ha alejado paulatinamente de las realidades de su tiempo para dedicarse a conceptualizar; pero la filosofía, como otras ciencias, están llamadas a pensar, discurrir y –sobre todo– resolver los problemas de su tiempo. En este contexto se hace necesario reflexionar, evaluar y proponer quién es el filósofo y quién debe ser en el mundo actual; es por esto que a partir de estas preguntas se presentan tres respuestas: “un hombre de carne y hueso” –una persona–, un héroe y un maestro; para llegar a esto se presentará la filosofía como modo o estilo de vida, y la vida como paradoja.

Palabras clave: filósofo, vida, paradoja, hombre, héroe, maestro.


The philosopher: man, hero, teacher

ABSTRACT

It could be considered that with the passing of the centuries philosophy has gradually moved away from the realities of its time to dedicate itself to con- ceptualize; but philosophy, like other sciences, is called to think, to reason and, above all, to solve the problems of its time. In this context, it is necessary to reflect, evaluate and propose who is the philosopher and who should he be in the current world. That is why, from these questions, three answers are presented: “a man of flesh and blood” –a person–, a hero and a teacher; to reach this, philosophy will be presented as a way or lifestyle, and life as a paradox.

Key words: philosopher, life, paradox, man, hero, teacher.


Le philosophe: l’homme, le héros, le maître

RÉSUMÉ

Il est possible d’affirmer que la philosophie s’est éloigné peu à peu de la réalité pour s’occuper des concepts. Cependant, la philosophie, à l’image d’autres savoirs, est appelée à penser et résoudre les problèmes de son temps. C’est pour- quoi il est nécessaire de réfléchir sur ce qui signifie être philosophe aujourd’hui. Nous proposons trois réponses possibles à une telle question : le philosophe est, somme toute, un homme en « chair et en os » –une personne–, ou bien il est un héros ou un maître. Pour ce faire, nous nous approchons de la philosophie en tant que mode de vie, et à la vie elle-même comme paradoxe.

Mots clés: philosophie, vie, paradoxe, homme, héros, maître.


Introducción

El discurso filosófico no esculpe estatuas inmóviles, sino que todo lo que toca desea volverlo activo, eficaz y vivo. Inspira impulsos motores, juicios generadores de actos útiles, elecciones a favor del bien.
Plutarco

Como parte de las inquietudes que me asaltan constantemente sobre la naturale- za de aquello que soy y hago, surge la necesidad de profundizar en la reflexión sobre esto, que llevó a la elaboración de un proyecto apasionante que lo conduzca a usted –como lo hizo conmigo– a cuestionar aquello que nos hace filósofos.

La filosofía tradicionalmente ha sido tomada o definida como la ciencia de los conceptos fundamentales o ciencia de las preguntas fundamentales –definiciones todas cercanas al horizonte y al lenguaje heideggeriano–; esta ha buscado elaborar sistemas conceptuales complejos sobre el mundo que nos circunda preguntándose por dios, por el hombre y por el mundo; estos tres elementos u objetos de la reflexión filosófica aglutinan problemas más puntuales como el conocimiento, el lenguaje, las costumbres y actos humanos, lo sublime, lo bello, el poder, la muerte, la vida, etc. Por tanto, la filosofía se ha fundado en la razón para profundizar en los elementos ya enlistados.

En este caso, habría que preguntarse por la naturaleza de la filosofía, la función de la filosofía y la utilidad de esta; y con estas preguntas caminar hacia los mismos cuestionamientos por el filósofo. Estas inquietudes hacen parte de la reflexión y el análisis construidos a partir de un trabajo de investigación que surge como devenir propio de la filosofía aconteciendo y habitando a quien escribe.

Se ha anunciado esta investigación como camino, como descenso y ascenso, es decir, como búsqueda de aquello que es la filosofía y el filósofo, como aquello que puede ser; el camino comienza descendiendo a las profundidades del ser (¿qué es la filosofía? ¿Qué es el filósofo?) Para comenzar un ascenso paulatino hacia la cima (¿cuál es su función (trascender)? ¿Para qué es realmente útil (proyección)?). Por esto, es necesario comprender la filosofía para adentrarse en la mejor comprensión del filósofo, que aquí es visto como hombre, héroe, maestro.

El camino que andaremos estará lleno de preguntas, respuestas, dificultades, entre otros; será como adentrarse en un bosque denso –en apariencia–, pero pleno de frescura, belleza y posibilidades.

La filosofía: un estilo de vida

La filosofía es más que una ciencia que propende por generar sistemas ordenados de pensamiento y conceptos, esta es y debe ser una aventura vital, es decir, la lucha constante por vivir y comprender la vida en las paradojas, arriesgarse a pensar realmente más allá de las circunstancias, los esquemas, los paradigmas y los sistemas; la filosofía es una aventura porque está íntimamente ligada a la vida real que, en muchas ocasiones, salta sorprendentemente de la certeza –es- quemas– a la incertidumbre –la duda, lo inesperado, lo inaudito–.

La vida humana es un reflejo casi exacto de la naturaleza del mundo que habitamos; el ser humano al igual que el mundo se bate entre constantes e interesantes momentos de contradicciones, el mundo es una dialéctica continua, va del día a la noche, del cielo a la tierra, del caos al orden de una forma natural. De igual modo, la vida de la persona humana está en una dinámica dialéctica propia de su ser, las circunstancias y las relaciones que establece con el mundo y con los otros le presentan diversas posibilidades que pueden ser opuestas entre sí o que pueden oponerse a sus razones, convicciones y sentimientos.

Vivir plenamente significa vivir las luchas a las que se ve enfrentado, luchas como la relación razón e instinto, razón y sentimientos, razón y fe, teoría y práctica, bien y mal, vida y muerte, humanidad y tecnología, la moral y las circunstancias, entre otras.

El ser humano, a diferencia de los animales, no está condicionado y determinado solo por los instintos, la humanidad goza de la libertad, la voluntad, la imaginación y la conciencia como elementos que provocan la exploración y la visión de alternativas en la manera de comprender y hacer en la vida; la filosofía no es ajena a esto, la diversidad y disparidad de conceptos, interpretaciones y propuestas que emergen de la relación del filósofo con sus circunstancias, esto prueba que la filosofía se origina y se proyecta a la vida.

El filósofo ha de ser un intelectual, un sabio, pues su búsqueda no procura el conocimiento enciclopédico, sino la sabiduría; sobre esto, el profesor Luis F. Fernández refiriéndose a la tarea profética del intelectual cita a Aranguren en su texto “la filosofía de Eugenio d’Ors” para definir la filosofía así:

La filosofía no es contemplación pura, sino pensamiento, y el pen- samiento es movimiento, diálogo, a un mismo tiempo enseñanza y aprendizaje, doctrina viva, filosofar en colectividad. Mas, alum- brado ya el saber, ¿qué hará el filósofo con él? Puede guardarlo egoístamente para sí. Puede también ofrecerlo a los demás, con lo cual –actitud sanamente pragmática– les es útil, les sirve, logra provecho para ellos. (Fernández, 2004, p. 106)

A partir de todo lo anterior es posible afirmar que la filosofía, más que una ciencia o macroestructura conceptual, es un modo de vida, es un acontecer natural, una actitud permanente de quien se llama a sí mismo “filósofo”. Surge la pregunta de si la filosofía es un modo de vida para todo el mundo. ¿Debe serlo? Estos cuestionamientos no son de fácil resolución; todos tienen acceso a los conceptos filosóficos, a su historia –y debe ser así–, todos tienen la posi- bilidad de desarrollar inquietudes filosóficas –pues todos los seres humanos se hacen preguntas esenciales para comprenderse a sí mismos y en el mundo, pero no todos desarrollan y construyen una actitud profundamente vital en y desde la filosofía.

La vida: dinámica, dialéctica y paradójica

Los profesores Cárdenas y Fallas (2006) resaltan en la dialéctica heraclítea lo siguiente: “la naturaleza no extraña estatismo, su alteridad, pluralidad y unidad se consienten en la eterna mutabilidad, en esa oleada que todo lo lleva y trae, en ese camino hacia arriba y hacia abajo que son uno y el mismo”. Como puede verse, la naturaleza está en permanente movimiento, el universo está moviéndose todo tiempo y, por tanto, la vida humana no puede ser la excepción a esto; el movimiento, al que se hace referencia, se alude a la transformación constante a la que vive sujeta la naturaleza toda, al cambio de estados, de espacios, de tiempos; es por esto que es posible afirmar que la naturaleza requiere una dinámica constante, una fuerza o disposición connatural al movimiento y, por tanto, a la dialéctica.

La vida humana también está sometida inexorablemente a la dinámica, pues la persona desde que es engendrada se transforma físicamente –en primer lugar– y al ir avanzando en el proceso de crecimiento va adaptándose, formándose y transformándose de manera permanente; a esto es lo que llamaremos vivir. Pero esto no es estandarizado radicalmente, la vida de las personas se va transformando desde otra circunstancia: la dialéctica, esta comprende naturalmente la disparidad o la pluralidad de posibilidades que siempre resultan contrapuestas o enfrentadas unas con otras. Así pues, la guerra es la manera natural en la que se presenta la vida; el hombre es un luchador constante y permanente.

La vida humana se bate constantemente entre opuestos, en muchas ocasiones, paradojales, la vida es una constante paradoja, la más fundamental es la vida en contraposición a la muerte, y con esta la razón contra el sentimiento y afines, sobre esto Unamuno (2003) nos dice: “Ni una ni otra de ambas posiciones nos satisfacía. La una riñe con nuestra razón; la otra, con nuestro sentimiento. La paz entre estas dos potencias se hace imposible, y hay que vivir de su guerra. Y hacer de esta, la guerra misma, condición de nuestra vida espiritual” (p. 77). La persona habita o existe en relación constante con sus circunstancias –como las llamaría Ortega y Gasset–, es decir, es en medio de las circunstancias que se presentan permanentemente paradojales.

En muchas ocasiones, los opuestos que asaltan el vivir de la persona –del filósofo– contrastan con la lógica, generando una lucha incesante del “hombre de carne y hueso” –la persona– consigo mismo. Al respecto, afirma el profesor Carmona (2008):

Preguntas, paradojas y eternas contradicciones, eso es el hombre, un enigma para sí mismo; un asiduo habitante de cavernas y laberintos […] para Séneca el hombre tiene como misión construirse a sí mismo, partimos de la premisa de que el hombre es un ser incompleto y de esta manera debe afrontar su existencia desde los primeros momentos; debe entonces, empeñar sus fuerzas con el objetivo de conseguir sentido, el cual estará fundamentado en la práctica de la virtud, o en las tareas imperativas en su conse- cución. (p. 67)

Así pues, la incertidumbre y la contradicción son un estado natural y compartido de todo ser humano, de toda persona; estas impulsan un devenir de inquietudes que alimentan el ser de aquel que es llamado o se hace llamar filósofo, al mismo tiempo aquellas inquietudes se convierten en el motor que dinamiza la vida de la persona humana y, aún más, la del filósofo. De este modo, la filosofía vivida por el filósofo –“hombre de carne y hueso”– es un modo de vivir, de luchar, de ser y hacer en medio de sus paradojales y dialécticas circunstancias.

El filósofo

Al reflexionar sobre la filosofía como un modo de vivir, habría que pensar –y con justa razón– en el filósofo: ¿qué es un filósofo? ¿Quién es el filósofo? Estas dos preguntas llevan necesariamente a buscar en las profundidades del concepto, y al hacerlo se hallarán tres respuestas: “un hombre de carne y hueso” –una persona–, un héroe y un maestro. La primera respuesta apunta directamente al ser, a rastrear en la naturaleza más propia de aquel que es o se hace llamar filósofo; la segunda señala el sentido último de las características de esa persona –del filósofo–; y la tercera deja en evidencia la función que este tiene en la relación consigo y con los otros.

Un hombre de carne y hueso

Referirse al “hombre de carne y hueso” es referirse a la persona humana en su más genuina vivencia, es profundizar en las honduras más propias de la condición más natural, es referirse a la persona que vive su más íntima humanidad y vive con la humanidad de las otras personas –que, como ya se ha dicho, es paradojal y dialéctica– desde categorías del filósofo y literato español Miguel de Unamuno, quien construye y emplea esta categorización comprendiendo al hombre no como concepto, sino como persona viva. Sobre esto, el autor afirma:

Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo muere–, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere; el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano. (Unamuno, 2003, p. 3)

Al leer estas líneas es posible considerar que el autor considera el sufrimiento, la angustia y la muerte como una especie de “cernidor” de la vida, en estos sentimientos es donde más se siente la vida de manera profunda. Pero la angustia que yace en su concepción podría ser solo su sensación frente a la natural disposición del hombre al cambio constante y a la inminencia de la muerte como aparente o radical fin de las luchas vitales.

En la concepción del “hombre de carne y hueso” de Unamuno, subyace una dialéctica bien señalada por el autor fundada en un principio natural de disparidad, lejos de una concepción unívoca y estática de la vida y de la persona humana. De este modo, al referirnos al filósofo nos referimos a un hombre –una persona–.

“Ecce homo” (Jn 19,5), expresión lanzada a Jesús al ser presentado ante la multitud de la ciudad de Jerusalén, expresión que también serviría para presentar al filósofo hoy y siempre; el filósofo no es más que una persona, pero… ¿cuál es particularidad de este? Algunos podrían afirmar que es “pensar más de la cuenta”, otros decir que “hablar con términos muy extraños y sobre cosas que sólo él comprende”, pero la particularidad del filósofo está en su vida, en la manera como la concibe y la enfrenta. Sobre esto dice Unamuno (2003): “Si un filósofo no es un hombre, es todo menos un filósofo; es, sobre todo, un pedan- te, es decir, un remedo de hombre” (p. 12). El filósofo debe partir pues de su humanidad, es decir, de ser, sentir, creer, crear, pensar y soñar como humano, de relacionarse humanamente consigo, con los otros y las cosas, y partir de esto, hacer filosofía.

¿Cuáles son las implicaciones de estas afirmaciones? El filósofo es “un-ser-en- el-mundo” (Heidegger, 2008, p. 103), y el mundo en que le corresponde vivir al filósofo de hoy es plural, abierto, de rápida transformación y progreso; eso quiere decir que no debe quedar “clavado” en una historia, que como una cruz se exhibe inmutable e impoluta, sino que debe caminar vías con los pies en la tierra. El mundo de hoy avanza gracias a las crisis de las personas y los pueblos, el caos es un estado permanente que permite –tal vez sin saberlo– un orden y armonía.

Hoy la unicidad y uniformidad son prácticas arcaicas, obsoletas; la pluralidad y la capacidad de innovar están transversalizando la vida humana a todo nivel. La filosofía –como el filósofo– está llamada a fluir como fluye del mundo, en esta capacidad se procura ejercitar el filósofo hoy. Los filósofos se han incorporado en el mundo empresarial, en el mundo político, en el cine, en la sociología, entre otras; pero… ¿qué particularidad le ha permitido al filósofo reinventarse en estas circunstancias? La respuesta es la habilidad de detenerse para adentrarse a las profundidades del flujo de la vida, la habilidad de escudriñar. El filósofo, como cualquier otro hombre, duda y sospecha, estas dos actitudes están en el espíritu indomable de la búsqueda incesante del conocimiento y, como diría Unamuno, de la vida; el filósofo no duda y sospecha para vivir, más bien vive en la duda y la sospecha, por eso tiene la capacidad de reinventarse y relacionar la filosofía con la cotidianidad.

Observando con algún detalle los campos en los que el filósofo interviene hoy y a lo largo de la historia de la filosofía, es posible identificar que en último término el hombre –el filósofo– se ha ocupado de sí mismo pensando sus circunstancias, aquellas acuciantes para su vida, aquellas que lo llevan a pensar, a sentir, a crear, a creer, a hacer: política, religión, economía, ecología, ética, entre otras; todas estas adquieren sentido para la filosofía y por tanto para el filósofo, en tanto son reflejo de la vida y el actuar humano en relación consigo mismo, con los otros y con las cosas. Por lo anterior, es posible afirmar conjuntamente con Unamuno (2003) que “este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía” (p. 3).

Lo anterior nos llevaría a contemplar un aparente pero cierto eufemismo sobre el relativismo sofista, pero, lejos de ello, es una realidad circunscrita de manera natural a la configuración egoísta de la humanidad y, por tanto, de la filosofía. El filósofo filosofa en tanto interactúa, siente y reflexiona con y sobre sus circunstancias, por tanto el filósofo vive, sobre todo vive antes, durante y después de hacer filosofía.

El heroísmo del filósofo

Se ha hablado ya del filósofo como “hombre de carne y hueso”, especificando su conexión íntima con la vida y sus circunstancias para hacer filosofía, pero habría que ascender un peldaño más en la reflexión sobre el asunto; este conduce a contemplar al filósofo como héroe. El heroísmo aquí concebido parte de dos asuntos fundamentales: profetizar y luchar, es decir, de la vivencia íntima que el filósofo hace de su contexto, de sí mismo, adentrándose permanentemente a lo más profundo de sí, de los otros y de las cosas; el filósofo vive de manera consciente y sentientemente, este es un proceso arduo que genera constantes inquietudes, contradicciones y ocupaciones en aquel que decide vivir de esta manera.

Lo dicho anteriormente lleva a reflexionar sobre el heroísmo del filósofo. En este concepto, la visión unamuniana del personaje de ficción El Quijote nos acerca a la comprensión del heroísmo al que se hace referencia. El heroísmo y, por tanto,los héroes tradicionalmente lo son por sus actos de grandeza y monumentales hazañas que perduran en el recuerdo colectivo llevando a estos a la inmortalidad; pero el Quijote, “el caballero de la triste figura” es recordado por el ridículo, por la locura. Los héroes llenan los libros y enciclopedias, pero el heroísmo del Quijote es lucha íntima, es habérselas con su vida y sus paradojas.

Esta concepción del heroísmo va en contravía de la tradición, es transgresora, es incómoda. Como bien cuenta Platón en su “Apología de Sócrates”, este, en su ejercicio natural de buscar la sabiduría, genera en algunos miembros de la sociedad malicia, desconfianza y envidia, por lo cual es condenado a morir. El filósofo está llamado a ser transgresor de la tradición conceptual –sin omitirla o despreciarla–, a ser héroe desde las luchas íntimas –propias– y llevar a otros a adentrarse en sus propias luchas.

El filósofo es un crítico natural, es un buscador de sabiduría, y su búsqueda –su lucha– se convierte en una brillante luz que obnubila la ignorancia o aparente sabiduría de sí mismo y de otros. Sobre esto, Unamuno (1978) en su ensayo “mi religión” afirma:

Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu. (p. 12)

Así pues, es profeta porque busca incesantemente inquietar para generar actitudes y comportamientos transgrediendo persistentemente las comodidades de individuos y sociedades; de este modo, el filósofo lucha por buscar algo que para muchos –en nuestra sociedad y cultura– es una locura: la sabiduría; el filósofo no se conforma con la información –que hoy es el poder– sino que, a partir de una posición escéptica, investiga para solucionar problemas acuciantes de la vida de la persona humana; Unamuno lo expresa de esta manera:

Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él. (p. 7

De este modo, la humanidad del filósofo se manifiesta en su disposición y aceptación de un destino trágico, la paradoja en la que vive; el plus de este es la lucha constante de esta circunstancia paradojal, las contradicciones aparentemente ilógicas entre la razón y el sentimiento, entre la razón y la fe, la vida y la muerte, el yo y el otro; pero es en estas paradojas donde se evidencia la humanidad y heroísmo del filósofo.

La función educativa del filósofo

Como se ha venido desarrollando, el filósofo es una persona que piensa –razona– pero también siente, cree, crea, sueña, vive y muere; vivir plenamente estas dimensiones lo lleva a ser héroe, es decir, a ser profeta y luchador, a reconocer y aceptar las paradojales circunstancias vitales y a vivirlas para hacer de ellas su filosofía. ¿Pero esto para qué ha de servir? ¿Cuál es la función del filósofo respecto a sí mismo y los demás? ¿Cuál es la utilidad de la filosofía para el filó- sofo? La respuesta está en la educación: el filósofo, antes que un gran hombre de pensamiento, letras o ciencia, es maestro al modo de Sócrates.

La filosofía conceptualiza sobre la unidad y la multiplicidad, la razón y la fe, el ser y la nada, la experiencia o la razón, lo natural y lo artificial, sobre el poder, sobre lo bueno y lo malo, etc.; pero en el sustrato de todas estas disertaciones está el hombre, la persona humana, el filósofo mismo. Así visto, el ejercicio filosófico debe partir del deseo natural del hombre por saber. Como lo muestra claramente Aristóteles en su Metafísica, la inclinación natural del hombre al conocimiento incide radicalmente en el ser y quehacer.

La vida es un camino, igual que la sabiduría, pero es claro que para el filósofo este camino no se hace solo, pues, como lo señala el profesor Carmona (2002), “ese camino es dialéctico y es asumido como una misión educativa, el conocimiento de sí mismo, puerta de entrada al conocimiento de la virtud”. Para Sócrates, el conocimiento de sí se va logrando en la interrelación con otros que cuestionan, contradicen y confrontan a “ese que creo ser” o a “eso que creo saber”.

Maestro de vida interior (sabiduría)

Se ha venido desarrollando la idea de que el filósofo es esencialmente “maestro”, ¿maestro de qué? ¿Maestro de quién? En la filosofía griega se resaltan dos movimientos e intenciones de la filosofía como una educación: los sofistas y los socráticos; los primeros eran especialistas en el uso del lenguaje para enseñar el arte de la persuasión omitiendo la verdad como fin último de su enseñanza, procurando un subjetivismo que redunda en la adhesión del colectivo a una idea; los segundos procuraban la verdad que se construye a partir del diálogo sobre las cosas cotidianas: “la verdad surge en y por el diálogo, pero no necesariamente con la coincidencia entre las partes dialogantes” (Carmona, 2002, p. 98).

El filósofo hace uso permanente de la retórica para sustentar sus ideas o conceptos, de este modo, por su poder persuasivo desde la lógica es visto como sabio; pero la sabiduría –como es aquí concebida– no es estática o acabada, es dinámica y permanente, es búsqueda y sospecha, es una disposición constante a saber; es lucha entre lo que se cree saber, lo que se sabe, lo que se quiere saber y lo que se puede saber; por esto Unamuno (1978) afirma en su ensayo “Mi religión”:

“¿Cuál es tu religión?”. Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible–o Incognoscible, como escriben los pedantes– ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible. (p. 7)

A partir de lo anterior es posible plantear que el filósofo es maestro de sabiduría, no de conocimiento, una sabiduría que aprende para sí y para los demás, para que en la relación con los otros pueda hacerse el ejercicio vital de la sabiduría que beneficia a todos. Sobre este mismo asunto Nietzsche (1980), en Así hablaba Zaratustra, decía:

Pues bien; yo estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha acumulado demasiada miel. Necesito manos que se alarguen hacia mí.

Yo quisiera dar y repartir hasta que los sabios vuelvan a gozar de su locura y los pobres de su riqueza.

Por eso debo bajar a las profundidades […] y debo descender, como tú según dicen los hombres hacia quienes quiero dirigirme. (p. 15)

Por lo anterior la función del filósofo es educar, partiendo del de su propia disposición para la sabiduría y de la solidaridad que se despierta en él para contagiar a otros de esa necesidad de ir a las profundidades para pensar y sentir quien es.

El filósofo debe, pues, cultivar la vida interior, vivir en profunda intimidad con sus propias circunstancias –que son paradojales–, vivir en permanente diálogo para luchar con sus propias contradicciones. ¿Para qué luchar estas batallas íntimas? Para enseñar y acompañar a las demás personas en las suyas. Conceptualizar es un ejercicio propio de la razón, de la lógica, pero filosofar es vivir. El filósofo no es solo un científico, es un intelectual, un profeta, un sabio; sobre esto, el profesor Luis F. Fernández, refiriéndose a la tarea profética del intelectual cita a Aranguren en su texto “La filosofía de Eugenio d’Ors” para definir la filosofía así:

La filosofía no es contemplación pura, sino pensamiento, y el pensamiento es movimiento, diálogo, a un mismo tiempo enseñanza y aprendizaje, doctrina viva, filosofar en colectividad. Mas, alumbrado ya el saber, ¿qué hará el filósofo con él? Puede guardarlo egoístamente para sí. Puede también ofrecerlo a los demás, con lo cual –actitud sanamente pragmática– les es útil, les sirve, logra provecho para ellos. (Fernández, 2004, p. 106)

A todas estas ¿qué significa ser maestro de vida interior? Significa que el filósofo y todo discípulo de la filosofía lleva la vida a la intimidad, se dispone para preguntar e investigar, se inclina a la sabiduría, busca constantemente el sentido de la vida,

Nuestra responsabilidad fundamental, creo, y la mayor dificultad de nuestro trabajo, es mantener abierta la pregunta por el valor y el sentido. Practicar la filosofía es, simplemente, impulsar una determinada forma de interrogación, hacer que la pregunta por el valor y el sentido se mantenga abierta. Y eso es imposible sin mantener viva la conversión filosófica que históricamente se ha articulado en torno a esa pregunta. (Larrosa, 1998, p. 431)

En la búsqueda de la sabiduría el filósofo lee y conoce su entorno, sus circunstancias sociales y culturales, viendo en este conocimiento posibilidades de ser, hacer y vivir; pero este mismo conocimiento y su disposición a sospechar lo lleva a la crítica, que no debe ser más que el llamado que este hace a los demás de adentrarse en la búsqueda del propio sentido, de la propia sabiduría. Sobre esto el profesor Carmona (2004) afirma:

El filósofo debe ser un crítico de la cultura y de su tiempo. Este dialogo con la cultura es por lo pronto una permanente mirada de sospecha que intenta una comprensión de esta en todos los órdenes, es ante todo una medición del talante de lo humano en cada movimiento de la cultura […]. En esa medida se puede entender al filósofo encarnando la figura del maestro, crítico y visionario de la cultura. (p. 95)

Pero criticar e interrogar la cultura no tiene sentido sin intimar y apropiarse de esta; por eso, en la cultura actual se hace necesario –como lo hizo Sócrates– reivindicar al hombre, y en este al filósofo que, antes que científico, es persona –viviente–; “la lectura que Sócrates hace de su tiempo lo obliga a pensar en la necesidad de volver la mirada al hombre, sobre su propia potencia de ser […]. Sócrates tiene como meta: recuperar lo humano como esencia del saber” (Carmona, 2002, p. 96).

La filosofía tiene una proyección social, social desde lo humano, ¿qué o quién soy en medio de mis circunstancias? La pregunta está formulada en singular y primera persona, pero es la pregunta que, gracias al filósofo, debe hacerse cada miembro de una comunidad humana, es decir, el filósofo es el encargado socialmente de provocar las inquietudes fundamentales en la relación de las personas con sus circunstancias y en la búsqueda de sentido de la vida de sí mismo y los otros. Sobre esto, el profesor Miguel Ángel Ruiz (2002) afirma:

Nuestra existencia se realiza en forma dialógica, es decir, que permanentemente estamos referidos a los otro. Dialogicidad quiere decir, entre otras cosas, que es en el encuentro con los otros como acontecemos y ejercitamos nuestras capacidades y talentos. Es el trato con los otros el que permite reconocer tanto las propias limi- taciones como las posibilidades más esenciales. (p. 49)

El filósofo es maestro de vida interior, porque a partir de sus luchas íntimas lleva a los demás a formularse estas mismas luchas, a que los que entran en contacto con el filósofo emprendan este camino por medio de preguntas que incomodan, pero engendran unas inquietudes íntimas.

Maestro de proyección

El filósofo se ejercita como maestro en la medida que dialoga e interactúa con sus propias circunstancias y con las de los demás. Esto implica que la función educativa del filósofo es proyectiva, trascendente, transformadora de manera natural.

Sobre la educación, Savater (1997) afirma:

Educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, valores, memorias, hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. (p. 16)

Acerca de lo anterior, también vale la pena afirmar:

Así visto el papel de la educación es la transformación del individuo para aportar desde el conocimiento –la ciencia y las letras– a la transformación, es decir, mejorar y perfeccionar su propia sociedad; de este modo, para Savater “el hecho de enseñar a nuestros semejantes y aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten. (Escobar, 2017, p. 36)

En este orden de ideas, la pregunta por el rol de la educación se responde claramente, su rol es el de transformar, su objetivo fundamental es transformador.

Si, según Sabater, la educación tiene una intención de buscar la perfectibilidad humana, esto quiere decir que el sentido del ejercicio filosófico ha de ser este mismo; aunque la perfectibilidad no es un término que refiera lógicamente a algo acabado, por el contrario, hace referencia a un proceso, a una lucha de los individuos y las sociedades por ser lo mejor que puedan ser; en este camino se hace necesario reconocer los límites y potencialidades.

El filósofo, partiendo de sus experiencias vitales, lee, interpreta, siente y propone insumos para la reflexión de otros individuos y las sociedades; facilita y propone cuestionamientos que conducen a que la proyección sea contraria a las vías ordinarias, es decir, que vaya de afuera hacia adentro y devenga de adentro hacia afuera, dándose una mutua transformación entre el individuo y el mundo, la persona y sus circunstancias, el filósofo y la filosofía.

La cultura actual ha procurado el progreso y los avances tecno-científicos, provocando una paulatina sumisión del hombre a sus productos (razón, telecomunicación, exploración del universo), excusado en la afirmación de “facilitar la vida” pero perdiéndose en las facilidades, confundiéndose con los artificios y dejando la vida por la supervivencia. Por esto, el filósofo debe hacerse más humano –hombre–, profeta y maestro; cuestionando y criticando para recordarle al ser humano que los productos de la humanidad son circunstancias con las cuales se vive, pero no son la vida en sí misma, que en los productos debemos reconocernos como personas y darles el sentido y valor que merecen en tanto son productos humanos.

El filósofo ha de ser, pues, un humanista, es decir, un hombre que opta por el hombre, que reconoce las propias circunstancias y las de los demás, y este conocimiento no le impide solidarizarse; ser responsable y corresponsable; respetuoso de sí mismo, de los otros y las cosas, buscando sabiamente transfor- marse y transformar para potenciar sus propias posibilidades y las de su especie.

A modo de conclusión, y a partir de todo lo anterior, es posible afirmar que la filosofía ha de servir al filósofo para abordar y transformar los problemas en soluciones de la vida; pero no soluciones lógicas, científicas, definitivas; sino soluciones vitales, es decir, abiertas al diálogo, a la paradoja, a la cotidianidad de las circunstancias; donde el filósofo, más que un conceptualizador, sea un viviente.

Referencias

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ISSN: 0120-8454 - e-ISSN: 2145-9169 - DOI: https://doi.org/10.15332/21459169