2

Imposición y silencio como categorías de memoria

para pensar el territorio*

Patricia Reyes Aparicio**

Resumen

Entre los autores que han trabajado el tema de la memoria, Pollak ha propuesto las categorías de memorias subterráneas y memoria oficial para pensar en el carácter de conflicto que la memoria encarna y para poner en evidencia la disputa que ha existido entre quienes han oficializado –impuesto– una versión de la historia y aquellos cuya acción ha quedado a la zaga, prácticamente invisibilizada.

A partir de esas categorías construidas para pensar el asunto de la memoria, se quiere hacer una lectura de lo que ha venido aconteciendo con el territorio en Occidente, esto es, hacer una mirada teniendo como marco de referencia la propuesta de este autor.

Palabras clave: imposición, silencio, territorio, memoria.

Imposition and silence as memory categories

for thinking the territory

Abstract

Among the authors that have worked on the theme of memory, Pollak has proposed the categories of underground memories and official memories to think about the type of conflict that the memory embodies and make evident the dispute that has existed between those who have formalized –imposed– a version of history and those whose actions have been lagged, virtually invisible. From those categories built for thinking the issue of the memory, it is pretended to make a reading on what has been happening with the territory in the West, that is, look at it having as framework of reference the one proposed by this author.

Keywords: imposition, silence, territory, memory.

Génesis, concepciones y definiciones del territorio

La palabra “territorio”, en sus orígenes latinos terra y torium, hace alusión a “la tierra que pertenece a alguien”. Estamos, entonces, frente a un espacio que se relaciona con uno o varios sujetos, generando ciertos vínculos que no necesariamente pasan por ser de dominio o control, sino que tienen que ver también con lazos afectivos y de identidad que implican, indiscutiblemente, dimensiones políticas.

Por su parte, el Diccionario de la Real Academia Española (1992) apunta:

1. Porción de la superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etc. 2. m. Terreno (campo o esfera de acción). 3. Circuito o término que comprende una jurisdicción, un cometido oficial u otra función análoga. 4. Terreno o lugar concreto, como una cueva, un árbol o un hormiguero, donde vive un determinado animal, o un grupo de animales relacionados por vínculos de familia, y que es defendido frente a la invasión de otros congéneres.

Para los ingas, el territorio constituye un lugar de convivencia y de intercambio de conocimientos. “En este sentido, existen palabras que recogen el significado que tiene para nosotros el mundo como un solo gran territorio, subdividido a su vez en una considerable cantidad de lugares de vida y pensamiento” (Jacanamijoy, 2001, p. 191).

Para los muiscas es el espacio vital –más allá o más acá de lo geográfico– en el que se proponen alternativas de construcción de sujetos que devienen sus guardianes y cuidadores por la vía de la recuperación de los saberes ancestrales. Para este pueblo, el territorio es el que habla, es la posibilidad de escuchar una piedra, un río, una montaña; es el aire, el agua, el fuego y la tierra con los que se entra en comunicación por la vía de prácticas heredadas, ritualísticas y ceremoniales. Igualmente, el territorio es garantía de unión e identificación, y cuenta con tres componentes fundamentales: tierra, gobierno y leyes. La primera es la madre, el segundo es la representación del pueblo y su autoridad (respetarla implica respetar la cultura y la identidad) y las leyes son los lineamientos de comportamiento. Podría pensarse que encarnan una suerte de cristalización de un modo de habitar los espacios, cuyos tiempos van en espiral y se componen de palabras provenientes de las voces de los ancestros que se transmiten a través de los abuelos1.

Hay quienes ubican la proveniencia del concepto territorio en la geografía, el derecho y las ciencias políticas, constituyéndose su limitación política y su posesión en atributos fundamentales. Desde la perspectiva ambiental, en cambio, se lo menciona como ecosistema, región o localidad.

En este contexto se optó por proponer la sostenibilidad como un requerimiento fundamental para hacer marchar al territorio en dirección al desarrollo, como ruta a seguir y por el cual propender.

La memoria en disputa: una lectura desde el discurso hegemónico o de sus efectos

Entre los autores que han trabajado el tema de la memoria, Pollak ha propuesto las categorías de memorias subterráneas y memoria oficial para pensar en el carácter de conflicto que la memoria encarna y para poner en evidencia la disputa que ha existido entre quienes han oficializado –impuesto– una versión de la historia y aquellos cuya acción ha quedado a la zaga, prácticamente invisibilizada.

A partir de esas categorías construidas para pensar el asunto de la memoria se quiere hacer una lectura de lo que ha venido aconteciendo con el territorio en Occidente, esto es, hacer una mirada teniendo como marco de referencia la propuesta de este autor.

Resulta importante subrayar que se trata solo de una lectura entre muchas posibles. La elección obedece a un interés particular por contraponer los hallazgos, para ver hasta dónde, a través de este ejercicio, es posible dimensionar lo que ha venido sucediendo con el territorio y proponer una suerte de toma de conciencia –al decir de un abuelo muisca2– frente a la mirada que cada quien decida hacer sobre el tema.

Se hace referencia, entonces, a las memorias subterráneas en oposición a la memoria oficial:

Al privilegiar el análisis de los excluidos, de los marginados y de las minorías, la historia oral resaltó la importancia de memorias subterráneas que, como parte integrante de las culturas minoritarias y dominadas, se oponen a la “memoria oficial”, en este caso a la memoria nacional (Pollak, 2006, p. 18).

Llama la atención aquello de elegir objetos de investigación, donde el conflicto entre esas memorias se hace evidente; es decir, una de las disposiciones de esta postura dicotómica consiste en privilegiar ciertos temas que de entrada plantean polarización en su concepción, como es el caso del territorio visto, por un lado, desde la óptica occidental o moderna y, por otro, desde la perspectiva ancestral.

A simple vista puede afirmarse que existe una diferencia radical entre estas posturas. Una lectura del tema –no tan superficial, claro está, sino más bien aguzada– pone en evidencia la preeminencia de un modo particular de construir los relatos. La forma de enunciar los eventos, de narrar los acontecimientos, de hacer menciones y omisiones delata el lugar desde el cual se ha querido ver y construir el objeto, en este caso, el territorio. No en vano se escogen ciertas palabras, significantes que tienen que ver con lo que se quiere decir, para crear lo que algunos autores mencionan como “efectos de verdad”, los cuales acaban por asumirse y repetirse casi desprevenidamente, sin que se vuelva sobre ellos para ser sometidos a análisis rigurosos.

Estos regímenes de enunciación, antes que llamar a una reflexión de su alcance en tanto creadores de realidades, terminan repitiéndose desasidos de sentido o, para ser más precisos, llenos del sentido que esa memoria oficial y dominante –al decir de Pollak– se ha propuesto imponer. Siguiendo a este autor, esas memorias subterráneas emprenden silenciosamente un trabajo de subversión, aflorando en lo que denomina “momentos de crisis”.

El presupuesto de partida del documento que se pone a consideración tiene que ver entonces con el carácter hegemónico del discurso económico en la conformación de territorios. Casi podría afirmarse que se ha dejado a este discurso la responsabilidad de conformar y resignificar territorios a su antojo, lo cual ha engendrado un estado de cosas que ha puesto en evidencia la poca imaginación, el corto alcance de una mirada que reduce la riqueza potencial que plantea el territorio en tanto lugar de encuentro de generaciones que transmiten modos de apropiación de sí, de sus relaciones y de su entorno; un entorno que está potencialmente capacitado para garantizar condiciones de vida dignas a los pueblos que lo habitan, si se le da el trato apropiado, si se reconoce su condición de finitud y si se tiene sobre él la consideración y el respeto que reclama.

Este discurso –o lugar de mirada– ha circunscrito al territorio al simple plano de la ganancia y el beneficio económico, y como contrapartida ha auspiciado la necesaria participación de diversos sectores, de otros lugares de mirada que lo saquen de esa concepción cerrada que se propone como única posible y, además, deseable para amplios sectores poblacionales que han modelizado su comportamiento a la luz de los imperativos de turno propuestos por el capital. Estos imperativos se replican por doquier y adquieren especial énfasis de la mano de los dispositivos massmediáticos que cumplen a cabalidad con sus dictámenes homogeneizantes, cada vez más empobrecidos y redundantes.

Sin lugar a dudas podría afirmarse que el capitalismo unificó la historia universal: a través del mercado mundial de mercancías y capitales, combinó las diferentes formaciones sociales. De su fase imperialista (auge y receso de la exportación de capital agrario, industrial, bancario y financiero de los países avanzados a los atrasados), se abrió paso por la vía de las empresas transnacionales, llegando en estos momentos a la internacionalización de los procesos productivos, en donde la industria adquiere la forma de maquila3.

El siglo XVIII ve aparecer la hacienda –propiedad individual de colonos ibéricos o criollos, producto de la crisis financiera acaecida hacia finales de la Colonia– como elemento fundamental de la estructura agraria, cuyas características más sobresalientes son la sujeción semiservil y el desarrollo embrionario del trabajo asalariado. Las nuevas repúblicas americanas coincidían con la decadencia de la acumulación en Europa: las demarcaciones político-administrativas desaparecían en el marco de las guerras de independencia. El diseño espacial se alteraba, y con él, la vida de quienes habitaban dichos espacios.

En el siglo XIX se asiste a una nueva fase ascendente del capitalismo entre 1848 y 1873 y se crean las condiciones para que los países latinoamericanos exporten materias primas agrícolas y mineras. La inestabilidad de los mercados europeos pone de relieve una suerte de reforzamiento de esas formas semiserviles de explotación y sujeción personal en las haciendas, llegando a lo que se reconoce, al decir de Pradilla (2009), como la “segunda servidumbre en América Latina” (p. 30). La paradoja aquí es que esos caudillos militares, otrora al mando de los procesos independentistas de las nuevas repúblicas, pasaron a ser luego los explotadores: después de un trabajo conjunto para conseguir la emancipación de la corona española, la reemplazaron en su ejercicio de poder y control sobre sus nuevos súbditos. En este contexto, la fijación territorial quedaba garantizada por medio del endeudamiento y la represión a la que fue sometida la fuerza de trabajo, formalmente libre y asalariada.

Para esa época, los habitantes se debatían entre los procesos embrionarios de industrialización de la producción –léase “modernización”– y el trabajo en el cultivo: las economías regionales generaban movimientos poblacionales y ocupación de nuevas tierras, estructurando así el territorio de un modo diferente al hasta entonces conocido. Los desarrollos de los sistemas de transporte y comunicación que llevaron la producción hacia puertos y ciudades –efecto de la explotación agropecuaria y minera– trajeron consigo un significativo crecimiento demográfico. La particularidad del momento consistía en que los países latinoamericanos se relacionaban con las potencias imperialistas externas, mas no entre ellos, lo que implicaba el aislamiento y la dispersión como características de los países del cono sur, impidiendo que se los concibiera en conjunto como América Latina. Podría decirse, entonces, que se había consolidado una región fragmentada que miraba hacia Europa y no lograba conformar entre sí un territorio unificado. El panorama: una burguesía comercial enriquecida y una nueva clase social que cobraba fuerza. Se trataba de los rentistas y usureros financieros, que tomaban los centros urbanos como su lugar de operación, en tanto era en ellos donde se concentraba el capital dinero (mano de obra, vías de comunicación, bancos y aparato político administrativo).

Para el caso colombiano, la preeminencia de los terratenientes, el fortalecimiento de la burguesía industrial y la inconformidad de un campesinado que agudizaba su disputa con las clases dominantes hacen que hacia los años treinta del siglo pasado se dé apertura a ese periodo que no cesa –incluso hasta nuestros días– y que se conoce con el nombre de “violencia”. Si bien por entonces países como Brasil, Argentina, Uruguay y Chile ven crecer significativamente sus centros urbanos, el proceso migratorio campo-ciudad en Colombia se acelera de modo significativo.

El estímulo a la economía en épocas de crisis por la vía de instituciones nacionales o internacionales –entiéndase keynesianismo– dotaba a estas instituciones de modo que pudieran controlar la economía, empezándose a hablar en términos de “política fiscal”.

De este modo, la hegemonía asumida por el capital financiero transnacionalizado encuentra en las luchas obreras y en la persistencia de la guerrilla su oponente más fuerte. Consecuencias: autoritarismo y dictaduras militares que se agudizan hacia la década de los años sesenta del siglo XX.

Nuevamente aparece el territorio. Al decir de Padilla (2009),

los recursos naturales […] impusieron la ubicación territorial de la minería, la transformación primaria de materias primas y la generación de valores de uso que son condiciones generales (energía eléctrica o agua potable y de riego) y de las infraestructuras y servicios requeridos por esta producción, y la correlativa fijación territorial de la fuerza de trabajo necesaria, dando lugar al rápido surgimiento y desarrollo de nuevos centros urbanos (p. 54).

La entrada del capital al sector rural mostraba un panorama compuesto por eventos como la expropiación de la tierra en poder de los campesinos por medios violentos, la proletarización y pauperización, como también los procesos de sobreexplotación de la tierra, cuya ubicación era determinada por sus propietarios: las más alejadas e improductivas se dejaban a los campesinos y las mejor ubicadas pasaban a manos de los terratenientes, quienes trabajaban con prestamistas y/o socios comerciales. Tales eventos modernizaron aceleradamente el campo por la vía de maquinaria, agroquímicos y nuevas semillas.

Así las cosas, puede afirmarse que la presencia del capital y de los terratenientes ha sido uno de los factores preponderantes en la aceleración de los procesos de urbanización; es decir, a través de su injerencia asistimos a un forzado reordenamiento territorial que ha traído consigo miseria y descomposición, abandono de la agricultura diversificada que garantizaba protección de la tierra y alimento para familias y comunidades enteras, con los demás efectos asociados: no defensa de la naturaleza y del medio ambiente y desconocimiento de los ciclos productivos, la variedad de productos y los modos de relación que concebían, hasta cierto punto, el respeto ecológico, humano y social4.

Las promesas de reforma agraria –nunca cumplidas– continúan repitiéndose aún hasta nuestros días. La insurgencia se ha nutrido de esa ausencia de compromiso que se muestra descarnadamente en la creación y fortalecimiento de los cinturones de miseria que crecen y se reproducen en los extramuros de las ciudades, con los factores asociados: desempleo, inseguridad, desesperanza, mendicidad, pauperismo, como algunos de los nombres asumidos por el desplazamiento forzado que ha acompañado la historia de este continente.

Una revisión histórica o, si se prefiere, genealógica del proceso seguido por el desarrollo en nuestros países seguramente aportará insumos importantes para pensar en torno al territorio, lo que implicaría determinar la forma que este ha asumido a la luz de las propuestas desarrollistas implementadas. Para ello, seguramente habría que revisar los abordajes que desde las diversas posturas se han venido haciendo al tema, las cuales hablan de la creación sistemática del “tercer mundo” –más reconocido actualmente como el grupo de “países emergentes”– y proponen mirar el desarrollo en tanto discurso y entidad en la que el poder y el conocimiento sirven como tecnología política que da soporte a dicha creación.

De otra parte se habla de ciertas estrategias y dispositivos que se han puesto a funcionar dependiendo de las demandas internacionales que determinan la condición de los países productores de materia prima. Entonces se implementan programas a través de los cuales incidir en aspectos prioritarios (industria, sector agrario, minería), teniendo en cuenta que no siempre la prioridad incluye a la población para la que, se dice, van dirigidos esos cambios. Desde dicha implementación y con esos presupuestos se va dando forma al mundo que se habita y en el que se despliegan las opciones de ser tanto de los individuos como de las colectividades que conforman una nación, un país o, valga la mención, un territorio.

Con Escobar (1986), la idea es la siguiente:

[Determinar] cómo, en resumidas cuentas, nos embarcamos –o nos embarcaron– en ese viaje, en ese cuento del desarrollo que nos prometía la industrialización autosostenida, la modernización, el aumento de los niveles de vida, hasta equiparar aquellos de los países avanzados, en fin, la tierra prometida de la abundancia sin límites (p. 12).

El objetivo de las naciones que ingresaron a la tarea del desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial fue invariablemente el mismo: la creación de un tipo de sociedad equipada –esto es, con los factores materiales e institucionales requeridos– para alcanzar rápidamente las formas de vida creadas por la civilización industrial. De esta forma, el “desarrollo” se convirtió en la estrategia magna para realizar los designios de la civilización industrial y, al mismo tiempo, adelantar en forma relativamente inocua la confrontación entre Este y Occidente (Escobar, 1986, p. 17).

Modernidad y progreso aparecían, entonces, en las agendas de los países cuya nominación estaba recientemente creada –tercer mundo–; agendas que debían ajustarse a los ideales impuestos por esa civilización, la cual prometía autosostenimiento soportado por el crecimiento económico que la industria, la técnica y la ciencia estaban en disposición de garantizar.

Hacia la década de los años ochenta asistimos a las “salidas de choque” propuestas por la política neoliberal a la aguda crisis económica. Privatización, financiación al sector privado, pago de la deuda externa, austeridad salarial y desmantelamiento de las conquistas obreras se constituían en el “paquete de emergencia” ofrecido. Curiosamente, hay quienes afirman que más que una propuesta novedosa en tanto liberal –teniendo en cuenta el sentido que cobrara su antagonista, el conservadurismo–, debería nombrarse “neoconservadora”, en tanto defiende el statu quo que ha marcado diferencias de modo tajante entre los sectores hegemónicos y no-hegemónicos de las sociedades.

Los beneficios que se prestan al gran capital traen como contrapartida la disminución de los rubros que podrían orientarse a atender las necesidades de las inmensas capas de población, que requieren de la atención del Estado de modo prioritario. Sectores como la salud, la educación y el trabajo aparecen rezagados, en tanto el Estado dirige sus esfuerzos a garantizar el funcionamiento del sector privado, el que termina siendo amparado incondicionalmente por aquel. Sin temor a equívoco, podría afirmarse que de manos de la desestatización promovida por el neoliberalismo, los problemas territoriales caracterizados por miseria, hambre, violencia y represión se han agudizado significativa y preocupantemente.

En el marco del capitalismo monopolista, la tan mentada “libre competencia” pregonada por el neoliberalismo se da exclusivamente entre monopolios, en tanto los capitales no competitivos han venido desapareciendo paulatinamente. El territorio recibe los efectos de esta situación debido a que la concentración urbana está asociada a procesos de industrialización, afectando de ese modo a aquellos sectores que adolecen de posibilidades para competir internacionalmente.

La transnacionalización e internacionalización del capital trajo consigo la transnacionalización e internacionalización de la división del trabajo, y con ellas, la sobreexplotación de la mano de obra local, el enorme excedente de la fuerza de trabajo, la reducción de las prestaciones sociales, la desaparición de los procesos de sindicalización que ofrecían garantías a los trabajadores y la devaluación de las monedas, generando, como contrapartida, tasas de sobreganancia para el capital extranjero. Aunque aún hasta nuestros días puede afirmarse que subsiste el poder territorial del Estado, este se ejerce por la vía de la regulación internacional, mediante la incidencia de políticas y agencias internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

El turismo es otro sector en el que el capital ha visto posibilidad de ganancia. La inversión pública ha destinado rubros importantes a la creación de infraestructura capaz de ofrecer beneficios a las transnacionales, haciéndolos pasar por otro importante “polo de desarrollo”, acarreando consigo la ocupación irregular de las zonas abiertas por la industria del turismo, caracterizada por la autoconstrucción de vivienda popular y por la marginación de la población obligada a sobrevivir en la periferia –en todo el sentido del término–.

En síntesis, el panorama que se ofrece muestra un territorio asociado a la creación de maquilas que exportan sus productos por la vía del empleo de mano de obra muy barata; en contrapartida, se configura la desindustrialización del mercado nacional, lo cual delata el olvido de la integración nacional y regional y favorece la integración mundial geoeconómica y geopolítica:

La expansión del capitalismo global permite a los inversionistas localizar la producción y desagregar los procesos productivos en Estados y sociedades en los cuales los trabajadores son más pobres, menos poderosos económicamente y menos fuertes políticamente que en los centros industriales tradicionales. La amenaza de la movilidad del capital se constituye en un arma potente en esa contradicción entre capital y trabajo (Montañez, 2001, p. 26).

Con la intensificación del comercio internacional asistimos a la exacerbación de los flujos de capital financiero y a lo que en términos marxistas podría dimensionarse como una suerte de repartición espacial de los procesos productivos, esta vez, a nivel planetario. Así, la división del trabajo a escala internacional replicaba el esquema propuesto por el desarrollo industrial, pues los países industrializados eran productores de manufacturas y bienes industriales, en tanto los exportadores lo eran de materias primas procesadas por aquellos. Son precisamente los rápidos avances de la industrialización los que reducen los territorios, y la incontrolada explotación de los recursos naturales es la que amenaza el medio ambiente. En otras palabras, las exigencias de competitividad hechas por la globalización obligan a la capitalización, poniendo en aprietos la existencia de los pueblos.

Por su parte, el discurso de la planificación, que trae consigo asuntos como rendimiento, eficiencia o administración y que avala la estrategia desarrollista, aparece entonces como un discurso demagógico e ideologizado, como “apoyo de la expansión plena del capitalismo salvaje en su nueva versión histórica” (Pradilla, 2009, p. 119). Así las cosas, podría afirmarse que como estrategia encargada de garantizar el desarrollo –pasaporte de la modernidad– plantea un contrasentido en momentos en que el contexto internacional se ha puesto por sobre cualquier interés nacional, ahora, podría decirse, inexistente.

Propuestas desde la periferia

El territorio ancestral

El territorio significa lugar de vida, de convivencia con el otro, y ese otro puede ser un ser humano, un animal, un vegetal o un mineral, cuya característica esencial común radica en que cada uno posee una esencia, samai o espíritu primordial, la cual transmite o intercambia de modo permanente con quienes convive. Los ingas hablan también de una convivencia armónica, pacífica, en permanente devaneo entre el bien y el mal.

Convivencia e intercambio de conocimientos son las características fundamentales de ese lugar que se llama “territorio”, lo que significa que el lugar es una de las acepciones del territorio, y como tal está condicionado por el tiempo y el espacio. El tiempo quiere decir “quien regresa” o “regresa a sí mismo”; por eso un día –compuesto por mañana, tarde y noche– se repite en un ciclo infinito. Por su parte, el espacio es la posibilidad de nuevas situaciones que permiten cambiar la historia de un lugar de vida:

En el caso de los ingas, los acontecimientos del quehacer diario determinan esta posibilidad. A través de la minga, la toma de yajé, la fiesta en honor del arcoíris, la elaboración del tejido del chumbe e intercambio de conocimientos alrededor de la tulpa –fogón–, cada quien construye o destruye su propio mundo (Jacanamijoy, 2001, p. 192).

Los conceptos como “lugar que comienza”, “lugar del día”, “lugar de noche” o “lugar espiritual” son utilizados simbólicamente por las mujeres en sus tejidos del chumbe. Todo el tiempo se está diciendo o, mejor aún, esa manera propia de los pueblos ancestrales de concebir el mundo se manifiesta en la totalidad de actos que constituyen su vida: en los círculos de palabra en donde se transmite el único saber posible, en la escucha permanente, en la elaboración del alimento, en la siembra.

Los chagras, por ejemplo, son espacios que tienen un especial significado para esta comunidad, en tanto es allí donde se le otorga el valor verdadero al territorio que se habita. En ellos se llevan a cabo las formas comunitarias de trabajo, es decir, de interacción y reciprocidad, como la minga, fiesta de la siembra y la cosecha, cuyo móvil fundamental es la solidaridad: se trata de trabajar sin esperar retribución económica. El convocante debe correr con todos los gastos de la comida y la bebida. En esa fiesta se habla y se abren surcos para la siembra, a la vez que se agradece a la madre tierra “por la cosecha de comida que nos haya podido regalar una porción de su territorio” (Jacanamijoy, 2001, p. 194).

También se encuentra el divichido, práctica que consiste en el intercambio de la fuerza de trabajo, en la que tampoco hay retribución económica, ya que los favores se devuelven con jornadas de trabajo en las chagras de quienes asisten a la propia.

Como puede verse, un territorio está compuesto por lugares diversos de los que se tiene conocimiento a través de la tradición oral, las actividades y las historias contadas por los mayores. Mediante el lenguaje, los ingas protegen y conservan su lugar de vida. A través suyo se da el intercambio de conocimientos y se construye una convivencia pacífica, lo que ubica la palabra como elemento fundamental.

Territorios del desierto

Para los beduinos, o “caminantes-habitantes del desierto”, su territorio es ese amplio espacio arenoso, árido y agreste, de temperaturas extremas. Son acaso una especie de nómadas –sin serlo en estricto sentido– que deciden asentarse temporalmente en zonas de arbustos, pastos y agua para alimentar a su ganado y a sí mismos. Después de garantizar el alimento, deben encargarse de encontrar un terreno plano y con tierra de consistencia rocosa que les permita plantar las columnas y las estacas que darán soporte a sus viviendas, cuya estructura fuerte y firme permite albergar familias numerosas e igual cantidad de invitados.

Esas tiendas beduinas –su lugar de habitación– pueden entenderse como un refugio, ya que los resguarda de las inclemencias del tiempo, a la vez que les ofrece una estancia en donde las relaciones sociales también son posibles. Además, el empleo de materiales sostenibles para su construcción cumple con los propósitos de facilidad y rapidez a la hora de armar y desarmar las tiendas. Los cueros de camello y cabra se constituyen en su principal insumo, lo que da cuenta incluso de la injerencia de su cultura, que pasa por el reconocimiento del entorno y el respeto por la tradición.

Lo mismo que sucede con ciertos animales que marcan su territorio, resulta importante ver que cada grupo de beduinos dispone siempre de una estructura bien definida, conocida y respetada por los demás grupos. Quizás sean las fronteras políticas –de escasa importancia para estos habitantes del desierto, pero con efecto en cuanto a las restricciones gubernamentales que se les han venido imponiendo y que convierten los límites en fronteras políticas, la mayoría de las veces, conflictivas– las que están teniendo influencia en su estilo de vida migratorio tradicional. No obstante, lo que vale la pena rescatar aquí es esa concepción del espacio que se habita, esa manera de no querer hacerse “dueño único” de la tierra –si así se le puede nombrar– y la configuración de un territorio en el que se convive con otros, lo que los hace ver como un “espacio geográfico grande y de límites imprecisos donde se encuentran y relacionan grupos o sociedades con culturas diferentes” (Jiménez, s.f., p. 147).

El territorio en el extremo oriente ruso a través de la concepción de vida de un personaje

Dersu Uzala es el nombre de ese personaje. Vladimir Arseniev, expedicionario de la región de Ussuri, recoge en sus exploraciones una información científica de gran valía para el mundo: relataba en cierta ocasión un hallazgo humano que incluso muchos años después fue llevado al cine por Akira Kurosawa, en una cinta que lleva ese mismo nombre.

La importancia de sus descubrimientos no solo para los habitantes del viejo continente –quienes afirman conocer más los pueblos ancestrales de Norte América que aquellos con quienes comparten su misma geografía– seguramente no será aquí resaltada, en tanto lo que se quiere subrayar es el modo en que Dersu, este cazador gold, reconoce, convive y habita la selva siberiana: “Son cazadores maravillosos y de una sagacidad prodigiosa en el arte de descifrar las huellas de los animales” (Arseniev, 2000, p. 8).

Después de que la selva asistió a lo largo de varios siglos al registro de fronteras movedizas que agrandan o achican el territorio –es decir, de ver cómo las determinaciones gubernamentales, los hallazgos mineros y las formaciones geológicas lo dilatan y contraen a su antojo–, este explorador encuentra a un hombre de cincuenta y tres años que recorre la taiga (selva) a su antojo, condición que lo lleva a invitarlo en sus recorridos. Dersu no solo es un cazador astuto; es, ante todo, un hombre respetuoso de la naturaleza, que la reconoce en detalles ínfimos, como solo alguien que ha convivido con ella y la ha escuchado puede hacerlo. La posición de la rama de un árbol encontrado en el camino, el color del agua de un riachuelo, la dirección del viento se constituyen en indicios que le permiten determinar el rumbo de la marcha o su finalización.

Desde el primer momento, la primera conversación, este personaje deja ver lo que podría denominarse su espíritu, su ser profundo: ese don que a pocos les es dado percibir de tan sutil e ínfimo que puede resultar a cualquier ojo humano proclive a otras sensaciones, mucho más si estas están en radical oposición a las propuestas por la selva. Cuando se le pregunta por su lugar de habitación, por su procedencia, responde frente a ambas con la montaña, lo que significa que vive en ella y de allí mismo viene: “No tengo casa, habito siempre en la montaña. Enciendo una hoguera e instalo una tienda para dormir. ¿Cómo se puede habitar una casa cuando no se hace nada más que cazar?” (Arzeniev, 2000, p. 23). Más adelante confiesa no haber tenido jamás domicilio: su vida transcurrió siempre al aire libre, salvo periodos de invierno en los que su padre acondicionaba una cabaña indígena para dormir.

Y esto acontece durante todo el relato. Dersu le enseña al comandante y a su tropa cómo habitar con respeto los lugares: dónde y en qué momento pernoctar, cuándo encender la hoguera, cómo beber agua. Les enseña a escuchar la montaña, a entender los tiempos del sol o los ciclos de la luna. Hay un evento que particularmente llama la atención cuando se piensa en aquello de compartir el lugar en el que se vive, el territorio que se habita: cansados de una fatigante jornada, la tropa encuentra en el camino una choza construida con cortezas de árbol. Se avecina una tormenta y nuestro cincuentenario personaje se apresura a hacer algunas modificaciones en el techo de ella. La tormenta es muy fuerte pero logran resistirla. El día de la partida, en un gesto de quien reconoce y respeta la vida –si es posible nombrarlo de este modo–, este habitante de la selva deja los implementos básicos en ella, para que el próximo que requiera pasar la noche allí lo pueda hacer cómodamente.

Dersu encarna un modo de habitar, de vivir, propio de quienes han entendido que el mundo se construye permanentemente, que es finito y en esa misma dimensión da soporte a la existencia.

Conclusiones

Tres menciones distintas para hablar del territorio; geografías distantes atravesadas por modos similares de concebir el mundo y en las que el discurso de la globalización ha encontrado resistencia. Seguramente, si se sigue indagando, continuarán apareciendo relatos que apuntan en la misma dirección, lo que permite pensar que otros mundos son posibles; que esta fase de desarrollo del capital a la que estamos expuestos los habitantes de una significativa parte del planeta no es la única forma de vida posible; que son necesarias otras formas, múltiples, por las que hay que abogar, que es importante promover desde las diversas instancias en las que se lleva a cabo la existencia de comunidades enteras, hoy vulneradas a manos de los designios, efecto de la irresponsabilidad de los gobiernos de turno y su insaciable deseo de poder.

Indígenas, beduinos y habitantes de la taiga rusa llaman nuestra a atención con respecto al territorio, en clave de la dignificación de la vida, a la vez que se instalan como propuestas que subvierten el orden de cosas impuesto en tanto hacen del respeto, la convivencia y la escucha elementos sin los cuales es imposible continuar en esta carrera hacia el frenesí que propone la llamada “vida moderna”, en la que no conseguiremos jamás saciar nuestros deseos, cada vez mayores, cada vez más inalcanzables.

Los habitantes de estos territorios enseñan con su ejemplo que el respeto, la solidaridad y la convivencia son posibles; que se trata de domeñar las ansias de poder para entrar en sintonía con la tierra que ha venido albergándonos desde épocas remotas, pero cuyo vencimiento se acerca a pasos agigantados por cuenta de la implementación de sistemas de explotación a todos los niveles, a los que hemos venido asistiendo y, de algún modo, auspiciando desde hace ya varios siglos.

Escuchar las palabras de los abuelos muiscas, entender la forma en que los habitantes del desierto recorren un territorio abierto e inhóspito y lo apropian en beneficio de la vida que deben garantizar, o encontrar que es preciso reconocer que hay otros con quienes se comparte la vida, seguramente nos lleve a evaluar el alcance de una propuesta económica impuesta que ha dejado secuelas profundas en la construcción de nuestros territorios vitales, que pasan por la conformación de nuestras propias subjetividades. Que sea esta una ocasión para reivindicar esos discursos marginales, silenciados a fuerza de miedo, homogeneización e imposición.

1 Apuntes tomados en el marco de una charla dada por gobernadores y miembros de los cabildos de Suba, Cota, Bosa, Chía y Sesquilé en la Universidad Santo Tomás, Grupo de Memoria de la División de Ciencias Sociales, Bogotá, 21 de junio de 2012.

2 En los pueblos indígenas, un abuelo es un personaje revestido de lo que podría denominarse “el don de la palabra”, que vendría a ser como el “don de la sabiduría”. Si bien cuenta con el atributo de un desarrollo espiritual prominente, también tiene en consideración tanto la voz de sus antepasados como la venia de sus gobernadores para poder expresarse frente a otros y transmitir sus conocimientos.

3 La maquila consiste en la pauperización de la fuerza de trabajo, hecho que aparece asociado al proyecto neoliberal que garantiza ganancias permanentes a los monopolios del capital, en tanto lo que estos hacen es relocalizar los procesos productivos –trabajo manual–, que a ínfimos costos y en ausencia total de derechos laborales garantizan la producción que genera más plusvalor al capital invertido. Los abusos cometidos contra estas gruesas capas de población son una constante y se reiteran permanentemente, en tanto los ejércitos de desempleados crecen incontrolablemente: las explosivas tasas de crecimiento urbano inducidas por los procesos migratorios se constituyen en la principal instancia proveedora de esos ejércitos. Leer el efecto de este fenómeno en clave de territorio lleva a pensar en términos de su desintegración, pues su aporte, en este sentido, queda así evidenciado.

4 Hay quienes han optado por hablar en términos de “organización territorial” y no de “ordenamiento”, en tanto consideran que de ese modo se introducen aspectos de variada proveniencia para pensarlo: lo real, lo deseable; variables espaciales, temporales y procesos con un cierto nivel de elaboración –complejidad, si se prefiere– que incluyen aspectos sociales, políticos y culturales no admitidos en la primera concepción.

Referencias

Arseniev, V. (2000). Dersu Uzala. Barcelona: Grijalbo.

Escobar, A. (1986). La invención del desarrollo en Colombia. Lecturas de Economía, 20. Medellín: Universidad de Antioquia

Jacanamijoy, B. (2001). Kaugsay Suyu Yuyay: lugar, vivir, pensar. Conceptos de la tradición inga sobre el territorio. En Espacio y territorios. Razón, pasión e imaginarios. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Jiménez, Alfredo (s.f.). ¿Es posible, es bueno un mundo sin fronteras? (mimeo)

Montañez, G. (2001). Razón y pasión del espacio y el territorio. En Espacio y territorios. Razón, pasión e imaginarios. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia

Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límite. Buenos Aires: Al Margen.

Pradilla, E. (2009). Los territorios del neoliberalismo en América Latina. México: Universidad Autónoma Metropolitana.

Terán, M. de (1952). Vida pastoril y nomadismo. Revista de la Universidad de Madrid, 6(3).


Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.


ISSN: 1794-3841 - e-ISSN: 2422-409X - DOI: https://doi.org/10.15332/2422409X