La emergencia del pensamiento*

The emergence of thought

L’émergence de la pensée

John Alexis Rengifo Carpintero**

* Este artículo es resultado de una investigación titulada El canto como práctica pedagógica al interior de las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, llevada a cabo con el apoyo de la Universidad Santiago de Cali y la Asociación Eslabón Cultural. Escrito crítico después de seis años de investigación académica (tres en la Universidad Santiago de Cali, tres en la Institución Universitaria Antonio José Camacho) y el trabajo de campo sociocultural en la Asociación Eslabón Cultural y la Fundación Investigación Creativos. Citar como Rengifo, J. (2019). La emergencia del pensamiento. Análisis, 51(94), 17-36. DOI: https://doi.org/10.15332/10.15332/s0120-8454.2019.0094.01

** Licenciado y magíster en Filosofía de la Universidad del Valle. Profesor e investigador de la Universidad Santiago de Cali. Profesor hora cátedra de la Escuela Superior de Administración Pública (Esap). Investigador de la Asociación Eslabón Cultural. Integrante del grupo de investigación GISOHA. Líneas de investigación: filosofía de la cultura, la política, la religión y la educación. Dirección postal: Calle 5 # 62-00, barrio Pampalinda, Santiago de Cali, Colombia. Correo electrónico: jalexrecar@yahoo.es . Orcid: https://orcid.org/0000-0001-7527-1241

Recibido: 14 de enero de 2018 – Aprobado: 6 de junio de 2018

Resumen

El siguiente escrito es una reflexión crítica del modo en que hoy en el mundo se concibe el ejercicio investigativo institucional (académico): muerte de todo pensar serio, facultad de juzgar castrada; en oposición al quehacer del investigador visceral, que opera desde el sentir, el vivir, el experimentar, desde lo otro, con lo otro, para lo otro. Paradójicamente la primera acción se lleva a cabo en oposición terrible a todo proceso de reflexión orgánico, vivo, sentido, entre una alteridad viviente y un academicismo formal comercial, evidentemente mercantil: hacer investigación para puntuar en los registros calificados de toda universidad. En cambio la segunda acción puede circundar en la nada del anonimato de personas serias que conciben la investigación como un ejercicio pasional, de encuentro con el otro, lo otro y para hacer emerger algo. Hoy la universidad es una empresa de compra y venta de saber. Todo saber se ha vuelto prostitución legitimada de conocimiento.

La metodología que ha animado este escrito es la deconstructiva, acción que se llevará a cabo sobre la tematización del ejercicio académico de lo que se concibe como investigar. Se concluirá que la investigación no es un mero un ejercicio académico institucional y se optará por presentarla más como un ejercicio relacional de co-construcción con algo.

Palabras clave: universidad, investigar, academicismo, alteridad, emerger.

Abstract

The following is a critical reflection of the way in which today, in the world, the exercise of institutional (academic) research is conceived: the death of all serious thinking, the ability to judge castrated; in opposition to the task of the visceral researcher, from feeling, living, experiencing, from the other, with the other, for the other. Paradoxically, the first action is carried out, terribly, in opposition to any process of organic reflection, alive, meaning, between a living alterity and a formal commercial academicism, evidently commercial: to do research to score in the qualified records of every university. While the second action can surround the nothingness of the anonymity of serious people who conceive of research as a passionate exercise, of encounter with the other, the other and to make something emerge. Today, the university is a knowledge buying and selling company. All knowledge has become legitimated prostitution of knowledge.

The methodology that has animated this paper is the deconstructive, action that will be carried out on the theming of the academic exercise of what is conceived as research. In this it will be concluded that the research is not a mere institutional academic exercise, and it is chosen to present it more as a relational exercise of co-construction with something.

Key words: university, research, academics, alterity, emerge.

Resumé

Cet article porte une réflexion critique sur ce qu’est la recherche universitaire aujourd’hui : la mort d’une pensée sérieuse et la castration de la faculté de juger. Aux antipodes de cet exercice se trouve la recherche viscérale, opérant à partir du sentiment, du vécu, de l’expérience, de l’autrui, avec l’autre et pour autrui. Paradoxalement, la première action se fait en détriment de toute réflexion or- ganique, vivante, ressentie, c’est-à-dire que académicisme formel se développe contre l’altérité vivante en faveur d’une logique commerciale, évidemment marchante : faire de la recherche pour cumuler des points dans les indices. Au contraire, la seconde action peut condamner à l’anonymat aux gens qui pren- nent au sérieux et passionnément la recherche, tout en la concevant comme un lieu de rencontre avec autrui afin de faire émerger du nouveau. L’université est de nos jours une entreprise d’achat et de vente de savoir. Celui-ci semble se prostituer sous la légitimation de l’université.

La méthode de cet article tient de la déconstruction, appliquée à ce qui signifie la recherche actuellement. On veut montrer, en effet, que la recherche est beau- coup plus qu’un exercice institutionnel, qu’elle est plutôt un acte relationnel de co-construction avec quelque chose de nouveau.

Mots clés: université, chercher, académicisme, altérité, émergence.

INTRODUCCIÓN:

Movimiento

¿Cómo puede en el mundo actual surgir, devenir, emerger[1], en cualquier espíritu noble, un pensamiento propio? ¿Hasta qué punto una singularidad, una alteridad, puede decir “este es mi propio pensamiento”? ¿Por qué al hombre le es vedado pensar si no ha pasado primero por el proceso académico oficial de recopilar, recopilar y recopilar para después regurgitar? ¿Qué valor tiene realmente repetir, por fuerza de inercia social, las letanías de otros? ¿No puede un hombre “no instruido” pensar? ¿Es el pensar —en tanto producción de una reflexión planificada y consciente que sirva para producir algo, o generalmente nada— exclusiva del intelectual, bufón de la teatralidad institucional del “formar”? ¿Ha de estar regido por un esquematismo racional todo pensar de la alteridad emergente? ¿Se puede pensar sin la experiencia del sentir visceral?

¿Se puede crear sin la comezón del cuestionar, del sentirse inconforme con, incomodo por, lo ya dado por sí mismo? ¿Es la reflexión del investigar propia del ejercicio militar, formal, institucional? Y en este sentido, ¿qué es investigar? ¿Es el investigador un colono del conocimiento, un descubridor de, o por el contrario, algo más humano y menos pueril, un experimentador apasionado por algo?

Hoy, solo hoy, estamos ante el ocaso del pensamiento propio. Muerte del juicio crítico, de la facultad de juzgar, entendidos estos como capacidad de reflexionar con la vida, por la vida, para la vida, desde la vida, esto es, como crear (Nietzsche, 2000). Para pensar por uno mismo se debe citar: autoridad de la opinión de los que saben sobre los que apenas están aprendiendo (Zapata Olivella, 1997), la palabra de alguien más vale más que la propia. Este tipo de ejercicio de citación no se hace sobre el trasfondo conversado y ameno de entablar un diálogo con las fuentes. Se plantea bajo un esquematismo racional: los apellidos que deben aparecer en un artículo, un libro, un texto argumentativo. La citación es tan solo una herramienta procedimental; tan solo un requisito.

De ahí que la cuestión de citar, en este ejercicio de caligrafía experimental, se hará, para no caer en una contradicción evidente, tan solo para mostrar, junto a pensadores emergentes, distintos, la necesidad de considerar de otro modo el ejercicio de pensar, de investigar, de entrar en relación con algo, mas no para obedecer al esquematismo racional academicista. Poner en juego un haz de relaciones con los monumentos arqueológicos de los documentos tanto de vivos como de muertos se convierte entonces en una necesidad de diálogo con otro al que se le saca de la tumba para traerlo a un encuentro, para reflexionar conjuntamente sobre algo: pensar. Entablar un diálogo visceral sobre algo, con algo, crear, indagar, sentir, dejarse atrapar, dejar emerger, con un demonio de la escritura como Friedrich Nietzsche, en su Genealogía de la moral (2005) o su Schopenhauer como educador (2000). Y desde luego solamente hay que dejarse hechizar por ese otro modo de decir que hiere el sentimiento en su Así habló Zaratustra (1989). Escuchar hablar a uno de sus más excelsos discípulos, Michael Foucault, en su devenir escritor, en su imposición académica de tener que haber escrito un texto epistemológico y racional para poder acallar las voces de quienes intentaban su ahogamiento: una Arqueología del saber (1979). Traer a la mesa otras voces, otras miradas, para decir esto o aquello es otra forma de considerar los temas en cuestión. Se hace necesario para que el juego sea mejor jugado, Paulo Freire, de un lado, con su Pedagogía del oprimido (1971); de otro lado, Manuel Zapata Olivella, que nos regala otro modo de considerar el ejercicio de hacer reflexión en su Revolución de los genes (1997). Sin embargo, a esta charla he traído a un vivo, a una cantaora, a una poetisa, un emerger resiliente, a que nos diga que es, desde otro ángulo, otras fibras sobre lo ya enunciado: doña Helena Hinestroza se hará presente con sus canciones y poemas.

Lo sintiente

Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos? Con razón se ha dicho: “Donde esta vuestro tesoro está vuestro corazón”; nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento. Estamos siempre en camino hacia ellas cual animales alados de nacimiento y recolectores de miel del espíritu, nos preocupamos de corazón propiamente de una sola cosa —de “llevar a casa” algo. En lo que se refiere, por lo demás, a la vida, a las denominadas “vivencias” — ¿quién de nosotros tiene siquiera suficiente seriedad para ellas? ¿O suficiente tiempo? Me temo que en tales asuntos jamás hemos prestado bien atención “al asunto”: ocurre precisamente que no tenemos allí nuestro corazón — ¡y ni siquiera nuestro oído! (Nietzsche, 2005, p. 7)

Las vivencias, ¡nuestras vivencias!, ¿qué se puede decir? De pronto, que son el conjunto de experiencias que le han dado sentido y plenitud a la vida, bien para configurarla, bien para marcarla, bien para desarraigarla, bien para despreciarla. En todo caso, un devenir orgánico. Qué expresión más noble: ¡Vivencias! Cuántos de nuestros académicos, investigadores, doctos, podrían prestar atención a estas y hacer de ellas un tejido de relaciones vivo en el que el sentido y la finalidad de lo que se entreteje sea algo más sincero que una simple cifra; algo más vehemente y menos ilustrado. Realmente muy pocos.

En el mundo académico, científico e investigativo de hoy la propia palabra es simple opinión, doxa, acción enunciativa carente de fuerza perlocusionaria que diga verdad. La palabra de un ego oficial investigador, instituido histórico de lo que ha vencido: lo decible y enunciable legitimado por fuerza de inercia es palabra enunciada con fuerza perlocusionaria de verdad, legitimidad y expresi- vidad racional (Habermas, 1999). La historia universal de las ideas da cuenta de ello. ¿Historia escrita por quién?, ¿desde qué ángulo, bajo qué mirada, por qué se eligió esto o aquello? En oposición a la palabra de una alteridad emergente siempre oscura, confusa, ingenua, no docta, no oficial; de lego, de aprendiz:

Quiero advertir a quienes puedan sorprenderse por la inclusión de los no letrados en la familia nacional y universal de la literatura, que el carácter fundamental del discurso poético o narrativo no lo constituye el alfabeto, sino el pensamiento y el lenguaje articulado. En consecuencia, el fenómeno llamado “literatura” es el resultado de la creación colectiva de analfabetos y letrados; de adultos y niños; de varones y mujeres; de sabios y profanos. (Zapata Olivella, 1997, pp. 18-19)

La historia de lo no dicho, lo no pronunciable, ha de caer en el olvido del anonimato (Rengifo, 2015); aunque, como acaba de señalar Olivella, lo otro se ha dado y seguirá dándose en un pequeño y recóndito lugar: el saber cultural. Saber que resiste al discurso oficial, que rompe con esquemas y prejuicios, cuyo único lugar sigue siendo lo otro del arte. No obstante, en el mundo del proceder racional, del aparentar emocional, bajo el ropaje conceptual de la neutralidad axiológica, inmersa en el lenguaje de la homogeneidad cultural, la academia ofrece una sola forma de proceder, reflexionar, escudriñar: muerte de toda diferencia, imposición demagógica de la discursividad del “todo debe ser igual”. Racionalización sobre lo ya racionalizado, vuelto enunciación lógica producida desde el único lugar posible: la historia oficial de las ideas bajo una doble acepción epistemológica, como conquista y progreso ¡Qué buena broma!, aunque para muchos, de mal gusto.

Desde esta mirada miope pensar e investigar se han trasformado entonces en el lugar de la repetición racional de discursos coherentes sobre lo históricamente enunciable, lo que puede ser dicho. Qué es lo legítimamente enunciable y cómo se dice es menester del investigador. La citación se hace imprescindible, como se dijo al inicio de este escrito. Citar es el lugar de poder desde el que se con- figura una forma específica de enunciación discursiva. Entre más se cite más intelectual se es: se “sabe”, se posee “conocimiento” se emite palabra con fuerza perlocusionaria que debe dejar huella epistémica en los imaginarios colectivos. Citar, por ello, es principio de verdad, acción de racionalización procedimental: maestría del investigador. Un doctor en sus trabajos debe poder citar mínimo cincuenta fuentes bibliográficas; un magíster, por lo menos treinta; un licenciado, veinticinco. Saber ser y saber hacer valen si y solo si se manejan tales volúmenes de citación. Lo indican las “normas” de producción del “conocimiento” actual: las grandes industrias de compraventa del saber, revistas científicas de todo orden, escalafonadas según ciertas políticas de indexación en ciertos índices bibliográficos internacionales característicos de un mundo global. No se puede ser un pensador local. No se pueden escudriñar ni las vivencias, ni las experiencias, ni los latidos del corazón, ni los gérmenes de una incomodidad. Hacia esas formas socialmente instituidas de hacer investigación, uso exacerbado de la racionalidad científica, acuden los “investigadores”, mercaderes de información a la que denominan “conocimiento”.

 

 

Todo acto de pensar que se desee manifestar exige una forma prediseñada: formato de libro o artículo. Estos a su vez están amarrados a las formas y procedimientos de producción tecnocientíficos ya validados por las redes de conocimiento instituyentes de una lógica procedimental e institutivas de formas de ser. Lo otro, lo no decible en estos formatos, no ha de ser ni ciencia ni investigación, y con ello, menos desde luego conocimiento. Ciencia y tecnología imponen las lógicas en la producción del conocimiento. ¿Y las ciencias humanas? Han de seguir procedimientos semejantes. De no hacerlo su estado de inanición está asegurado pues el método científico asegura resultados. Resultados es lo que exige la sociedad de conocimiento. Pero, ¿y estas, las humanidades?, ¿para qué han de servir? Desde luego, para nada “productivo”. Pero, podrían generar lógicas de emerger distintas si no estuvieran ya amarradas, prostituidas, por tales políticas de producción de saber. Las ciencias humanas no producen conocimiento fáctico, sino un entretejerse relacional de lo otro y con lo otro, o así debería ser. Y esto termina siendo generalmente, para las ciencias positivas, seudoconocimiento. Seudo, en el sentido de “inferior”, es todo aquello que se produce sin pasión. Hoy, tanto las ciencias positivas como las humanas terminan produciendo solo eso, desperdicios, residuos, sedimentos, cifras que adornan informes institucionales. Conocimiento teórico salido de la razón pura, carente de toda relación de emergencia con lo vivo y lo orgánico visceral, falto de pasión.

El conocimiento en el mundo actual se compra, se vende y se canjea. La pasión por lo que se desea escudriñar o indagar ha muerto. De esto sí que saben las universidades y sus “investigadores”. “¡Puntos por todo!” es la máxima en la producción del “conocimiento”. Los mercaderes del conocimiento no piensan, se prostituyen ante lógicas comerciales internacionales. No producen para tras- formar realidades, vidas, existencias, tan solo escriben para puntuar, generar o aumentar sus propios ingresos: aparentar.

El pensar auténtico, ¿es facultad propia del erudito, el investigador, en oposición al emerger de una alteridad visceral? Se es un pensador en la medida en que se sigan unos protocolos de producción científica. La acción de reflexionar creativa o críticamente sobre algo está de antemano amarrada a formatos preestablecidos.

Todo proyecto de investigación, toda acción de investigar, toda relación entre una singularidad sensible, inquieta ante algo o por algo, para descubrir algo, mostrar algo, producir algo con sentido, con una finalidad puramente estética, narrativa, problematizadora, está cercenada por los monopolios del “saber”: las mafias del “conocimiento” de todo orden en el quehacer académico institucional. Mafias que son legitimadas por el seguimiento obediente de las políticas de producción en investigación basadas en protocolos internacionalmente instituidos. Mafias que se regocijan en el nosotros somos, que denigran de lo que los otros creen. Mafias que hablan desde su mirada miope, sobre un problema X como si fuesen el oráculo de Delfos, a expensas de otros saberes, otras fuentes, otros sentires, otros procederes, otras formas de emerger. Universalizan en pos de su corta mirada. O actualmente, a partir del estudio de casos, relativizan usando enfoques simples que evaden toda relación con un todo orgánico.

La verdad en una relación de co-construcción ha dejado entonces de existir bajo tales miradas, en tales procederes. Pero para muchos, ante todo, desde tantos padeceres. Ejemplo de ello lo constituiría la alteridad estudiante que quisiera, que tuviera la inquietud de indagar por el origen de los sueños. Su docente investigador, su director, el “experto”, le daría el recetario diciéndole que procediera de la siguiente manera: “Tu proyecto debe tener: a) un título, b) un problema, c) un planteamiento del problema, d) un marco teórico, e) un estado del arte, f) una metodología, g) unas referencias bibliográficas, h) unas conclusiones, i) unos resultados”. Formalismos procedimentales estériles. Él solamente desea saber el origen de los sueños, es decir, qué son, por qué emergen, qué los motiva, por qué misterio insondable de la vida en ocasiones se cumplen. Pero la camisa de fuerza ya fue puesta por el investigador academicista, el tedio se apodera de la alteridad estudiante: este solo debe seguir el protocolo, adherirse a la norma. Además, cuando le pide referencias bibliográficas para la construcción de su marco teórico le sugiere la gran fuente: el estudio de los sueños de Freud en Interpretación de los sueños. ¿Y por qué no más bien sugerirle la interpretación de los sueños de los nativos americanos hopis o de los yoruba del África? Porque el saber científico es el que se ha de imponer. Pero observemos la receta.

Título

¿Qué lógica procedimental sugiere el título? ¿Hace emerger el pensamiento   o es, por el contrario, el dulce que se le da al lector, publicidad, signo gráfico contractual entre el agente escritor y una alteridad pasiva consumidora de información? ¿Y la pasión del que escribe desde las entrañas para decir una palabra con sentido para alguien? ¿Y la comezón del que lee desde un sentido vivo? Han desaparecido sin remedio. Para empezar, el título ha de ser tan claro, conciso y preciso que no debe dar lugar a polisemias enunciativas del sentido para el lector. Este entonces no debe sentir o pensar, sino engullir. Todo acto de insinuación donde lo enunciable no diga lo dicho sobre el objeto a ser tratado, pensado o problematizado ha de ser palabrería obsoleta. El mercadeo hasta de lo que se piensa escribir se impone como moneda corriente: el título debe vender. Si el título no dice la cosa, no presenta el objeto a estudiar, no anuncia el afuera, es estéril: muerte de la imaginación. La cosa enunciable debe ser dicha en el título. La aparición de la cosa hace desaparecer el devenir del encuentro. La teatralidad del leer esta tendida.

Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía —y hasta el espíritu olerá mal. El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrompe a la larga no solo el escribir, sino también el pensar. (Nietzsche, 1989, p. 22)

El encuentro no es vivo, es ante todo funesto: está dirigido de antemano por el significante gráfico de la cosa muerta, el objeto de estudio enunciado. Se trata de consumir un placebo. Todo intelectual consumidor de libros, artículos, re- vistas, termina siendo eso, tan solo un consumidor ingenuo de información en un mundo global que lo piensa como cliente: un lector. El título no es lo que se presenta, es lo que se debe representar el lector. El lector se representa el objeto muerto, cosificado, no relacional, enunciado. Y aún las más grandes obras del pensamiento crítico caen en este juego. Ejemplo de ello lo podemos observar en títulos de obras como Vigilar y castigar, de Foucault. Examinemos qué presenta: ningún haz de relación puesto que la cosa ya fue enunciada. En el imaginario del lector se representan dos momentos: el formato libro, generalmente instruccional[2], y el plano de lo enunciado, los dos conceptos del acuerdo entre   el escritor y el lector. Este no esperará algo distinto a un plano de encuadre gráfico en donde lo enunciado se presenta siempre en toda su intencionalidad comunicativa: Vigilar, significante gráfico de una acción. La acción de mostrar qué es vigilar está garantizada. La situación de representación del enunciado vigilar asegura la imagen gráfica de la vigilancia: situación que pone en juego un haz relacional de algo que ve sobre algo que es visto. A no ser, desde luego, que quien ha llegado al encuentro del leer lo haga desde un esquema mental distinto al occidental: desde otra episteme, otro paradigma, otra cosmovisión, otra institución imaginaria. De igual modo, la enunciación castigar muestra la cosa sobre la que se ha de esperar una argumentación suficiente. Se espera que el autor se desplaye en justificaciones suficientes que muestren el sentido retórico de la situación gráfica significada: en qué sentido el autor va  a hablar, se va   a referir, va a mostrar algo sobre el castigo; qué, a quién y por qué se castiga son situaciones que se impone el lector como un a priori, sabe que se dará una explicación a estas cuestiones. Difícilmente el autor mostrará otro haz de relaciones. La situación de consumo dirigido esta tendida. El imaginario del lector es completamente encausado hacia una finalidad de consumo específica: el sentido argumentativo de lo que se representa, el objeto enunciado, vigilar y castigar. Emisión de la enunciación gráfica asegurada, aparición del objeto enunciado definido, tematización del lector prediseñada. Toda situación de encuentro vivo es imposible. Desde luego, tal situación ocurre siempre según la lógica de la academia. En otros contextos narrativos la situación no es tan funesta. La poesía no representa nada, presenta algo:

Como late el reloj acelerando el tiempo latió mi corazón una mañana, la cual tuve que abandonar mi tierra, la que nunca pensé que abandonaría.

Yo veía las nubes pasajeras y escuchaba las aves en las montañas, pero el temor y el miedo me vencían.

Sentía que ya mi vida se acababa.

Emprendí un largo viaje sin saber a dónde ir y donde estaba.

El vaivén de las olas me dormía, la angustia y el dolor me despertaban.

Es muy triste vivir lo que he vivido. Es muy triste vivir lo que he llorado. Es muy triste sentir lo que he sentido.

Es muy triste dejar lo que he dejado.

(Hinestroza, 2014)

Vivencia: en este hermoso poema de doña Helena Hinestroza se evidencia aquel reclamo intuitivo que hace Nietzsche en su Genealogía de la moral a los doctos contemporáneos, y que sirve para abrir este debate. Al igual que el poema, la escritura aforística no enuncia una situación de significación gráfica, sino una relación entre dos devenires: dos alteridades que devienen en un haz de relación preciso, el encuentro. “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu” (Nietzsche, 1989, p. 22).

El acto orgiástico del cantá[3] de las comunidades negras no objetiva nada, no representa nada. Presenta una situación en devenir sublime: un encuentro entre singularidades unidas por el haz de relación ritmo con la vida, sobre lo vivo y desde las situaciones trágicas de vida. Más toda tragedia es burlada. El cantá exorciza, libera y sana. Es puro sentido vivo de lo que ha querido ser acallado:

Cantaora: “Cuando me siento solita y me pongo a recordar, cuando me siento solita y me pongo a recordar, esa tierra tan querida cómo la voy a olvidar, esa tierra tan querida cómo la voy a olvidar”.

Coro: “Canto y lloro, cuando me acuerdo de mi tierra, canto y lloro, cuando me acuerdo de mi tierra”.

Cantaora: “Jamás se olvida lo bueno, te lo digo de verdad, jamás se olvida lo bueno, te lo digo de verdad, porque lo que tanto quieres cómo lo vas a olvidar, porque lo que tanto quiero cómo lo voy a olvidar”.

Coro: “Canto y lloro, cuando me acuerdo de mi tierra, canto y lloro, cuando me acuerdo de mi tierra”. (Hinestroza, 2014)

El título es un compromiso de compraventa. El título, dulce estímulo significante que vende una obra. De no ser estimulante no ha de vender. Capitalismo del pensar. La emergencia no debe anunciar la alteridad, sino la vaciedad del ego consumidor ilustrado. La obra ha de venderse. El título ha de ser el gancho comercial.

El problema

El problema de investigación es realmente un chiste. Aunque un chiste muy mal contado. Si el título deviene significante gráfico comercial dentro del formato —con ello, trivial—, el problema se vende —de un modo muy general, grosero y ligero— como una pregunta que indaga, en términos de proposición lingüística, por algo que puede ser verdadero o falso: pregunta “problematizadora” (Rengifo y Pinillo, 2013). Pero es sabido que entre una pregunta y un problema hay un abismo conceptual. El problema es ante todo una preocupación seria, muy pero muy pasional, una severa inquietud existencial, epistemológica, social, política, ética o estética no resuelta, compleja por su amplitud o concreción; es el espacio en el que emerge, en un hacerse, la relación de co-creación entre el devenir investigador y lo investigado. La pregunta, por el contrario, tan solo dice el sentido, simple e ingenuo, de lo que puede o no ocurrir. Pero cuando se le propone al estudiante el planteamiento de un problema, se le impone necesariamente la acción gramatical de la pregunta, aunque esté descontextualizada del problema o ni siquiera lo conciba. La pregunta pertenece a un único territorio, el papel; es decir, el formato textual del “trabajo de investigación” monográfico, tesis, artículo, libro. El problema, por el contrario, no se puede circunscribir al papel. Su territorio no es el texto, es la vida misma en su acaecer.

Ahora, cuando el estudiante realmente tiene la inquietud de descubrir algo bajo el formato problema, cuando sinceramente lo desea, de antemano debería decírsele que su pretensión ha de ser un esfuerzo infructuoso, pero sumamente grato. Infructuoso porque tal problema lo llevaría por los tumultuosos caminos de la indagación constante, de la sospecha cotidiana, del esfuerzo arduo sin un resultado inmediato —esto es, a corto plazo, pues la investigación a corto plazo es mercadeo, superchería barata, comercio—. Grato porque tendrá el regocijo de arrojarse a los confines del tratar de pensar, de descender al Hades del saber para subir al Olimpo del dejar de aparentar, para expresar por primera vez en su vida: “¡He hecho el esfuerzo de pensar por mí mismo!”, aunque sin resultado satisfactorio alguno, salvo el de poder cantar: “¡He sido un fluir con el fluir de lo vivo; en una relación con lo existente me he perdido y perdiéndome me he encontrado!”. Pensar desde las entrañas no es un lugar de comodidad o una zona de confort, es una preocupación e insatisfacción constante que se vuelve grata obsesión.

De lo que se trata no es de encontrar fórmulas, sino, por el contrario, de generar movimientos: flujo del sentir, el pensar, el ser realmente genuino, el entablar una relación con […] por […] desde […] para […] por […]. Sin embargo, el formato de investigación actual no plantea el problema, como ya se ha dicho, sino la pregunta, porque la pregunta tiene un resultado lingüístico preciso, es A o B. La pregunta se resuelve, el problema no. El problema permite la emergencia del pensamiento; la pregunta, su simplificación. El problema sale de las lógicas del proceder para ubicarse en los flujos del sentir:

Con la palabra el hombre se hace hombre. Al decir su palabra, el hombre asume conscientemente su esencial condición humana. […] Todo fue resumido por una simple mujer del pueblo en un círculo de cultura, delante de una situación presentada en un cuadro: “Me gusta discutir sobre esto porque vivo así. Mientras vivo no veo. Ahora sí, observo cómo vivo”. (Freire, 1971, p. 10)

El marco teórico

¿…? Hummm, de este, sobre este, qué se puede decir. Este será el gran meollo del asunto en cuestión. Por este se entiende: las referencias conceptuales (opiniones históricamente oficiales) en las que el investigador ha de basarse para legitimar su problema de estudio. Desde luego, tal marco recoge los vestigios del saber oficial. Lo otro no es marco teórico, es seudoconocimiento no oficial. Por ejemplo, si alguien quisiera estudiar qué son las prisiones hoy, el investigador profesional, erudito del saber, le habrá de sugerir con toda certeza el texto de Michael Foucault Vigilar y castigar (1975). Su opinión es verdadera en la medida en que él ya hizo lo que el novato desea hacer: pensar. El pensar de Foucault es principio de verdad porque su trabajo académico e investigativo así lo demuestran. Pero si de lo que se trata realmente es de hacer emerger el pensamiento, ¿por qué no sugerirle la imagen, el discurso, que los oficiales carceleros tienen de las prisiones en una relación de oposición con la perspectiva de los encarcelados, y en este mismo sentido, entonces, preguntarle a los prisioneros sobre aquellas, sus formas, sentires, relaciones e imaginarios? No es que el haz de relación que estableció Foucault con la prisión no sirva, es que le impide al neófito pensar, indagar desde él mismo, por él mismo, para entablar un modo específico de relación con la cárcel. El filósofo lo hace por él. Y quien lo recomienda lo hace no para mostrar un flujo de relación, sino un modo supuestamente verdadero de hacer investigación. ¿La cárcel es lo que dice la estructura arquitectónica, la norma, el oficial o el reo? Una cosa es quién la hizo y por qué la hizo, y otra muy distinta quién la padece. ¿Cuándo ha de ser escuchada la voz del que padece la vigilancia, de tal modo que el discurso oficial se deslice hacia lo no oficial: los que realmente padecen el discurso del espacio? Ese espacio es reinventado por quien lo habita. Entre quien piensa algo y quien vive algo hay un universo. Es decir, se podría estudiar la cárcel desde la relación guardia-recluso en sus múltiples sentidos, seres y padeceres. ¿Qué podrían decir? ¿Qué problemáticas presentarían para reconstruir la noción de prisión hoy? ¿Qué nexos de sentido o construcciones imaginarias significativas develarían? ¿Qué papel han de ju- gar en la sociedad? ¿Será la misma de antaño? Y si las prisiones no dan cuenta de su promesa de “reformar”, ¿para qué, por qué o en honor a qué seguirlas manteniendo? Desde luego, este proceder implicaría otra forma no institucional de hacer investigación. El marco teórico no estaría construido ni constituido de antemano; habrá  de ser remplazado por unas formas diferentes de hacer   y proceder, de relacionarse con la pasión de lo escudriñado. ¿Qué forma, qué proceder, qué modo, qué acercamiento, qué relación? Tal vez todo eso nazca del mismo plexo de acción.

El estado del arte

Es una invitación a contextualizar el quehacer nacional e internacional de lo que se desea investigar: cómo se halla, en qué va la cuestión, cuál es el último discurso. ¿Y si el problema que ha emergido en el estudiante no posee historia? Es actual, es propio del ahora. Desde luego, responden, hay más gente como usted pensando este problema. Es como si existiera una red global síquica que determinara que todo lo que usted pudiera llegar a problematizar ya, de antemano, hubiera sido problematizado por alguien. Por lo que, de nuevo, la imposibilidad de poseer hoy un pensamiento propio ha de ser un hecho.

¿Pero realmente alguien ya pensó, problematizó, lo que usted está pensando problematizar en este preciso momento? Puede que no, pero las mafias del conocimiento le harán creer que sí, pues no se puede pensar si no es conforme a la receta. Ejemplo de ello lo constituye el vacío pedagógico que hay sobre la formación sexual de los jóvenes contemporáneos, que ha sido cubierto por la cultura pornográfica audiovisual (Rengifo y Díaz, 2014). No existe ni un solo libro hecho en Occidente mismo a través del cual el joven de hoy aprenda sobre una sexualidad formativa o trascendental, no simplemente procreativa o recreativa, que le permita entender la relación energía-cuerpo-sexo formativo-longevidad.

¿Qué es su cuerpo en términos éticos y estéticos? ¿Cuál es la función fisiológica de las posturas sexuales? ¿Qué papel juega el entorno situacional, relacional y familiar en el desarrollo de una buena sexualidad? ¿Qué papel juega la alimentación en las relaciones sexuales satisfactorias? ¿Por qué y para qué eyacular? ¿Es necesaria la eyaculación para la plena satisfacción sexual? O a nivel social: ¿Qué tipo de cuerpo ha sido históricamente construido? ¿Qué relación se ha instituido entre cuerpo y vestido? ¿Por qué se ha hecho de los genitales un uso socialmente moralizado? ¿Por qué el cuerpo se ha vuelto imagen, y generalmente imagen comercial? ¿Qué tiene que ver el cuerpo con el erotismo sexual, y este a su vez con la energía vital? ¿Hay, existe, alguna relación entre sexo y longevidad? ¿Por qué, se puede preguntar el joven, sufro después de tener relaciones sexuales, por qué quedo vació? ¿Por qué razón me siento carne cuando me miran, me observan con deseo, pero al mismo tiempo deseo ser deseado? Todo eso puede preguntar el alma inquieta. Pero resulta que su problema no es su problema. La relación visceral de una alteridad con una situación coyuntural de tensión por […] o con […] está anclada a lógicas globales que han anticipado su situación existencial. Desde luego, esto solo es posible porque las universidades no enseñan a pensar, mucho menos a problematizar, sino y ante todo a enunciar una pregunta que tenga una solución en tres meses para poder publicar. Publicar es la cuestión central. El proceso es estéril: produce pérdidas.

La metodología

Sobre esta sí que se ha escrito, sí que hay formas y modos de proceder bien si se trata de una investigación teórica o práctica. La cuestión es que la metodología, vuelvo y repito, es un modo de proceder determinado. Es, si se quiere, el acervo teórico, el aparataje conceptual, que debe aplicar el investigador para dar cuenta de su objeto de estudio. De tal modo que la estructura para abordar lo que se desea investigar es rígida. En el mejor de los casos puede ser de dos tipos: generalmente se habla de metodologías cuantitativas y cualitativas. El hecho es que la metodología no se construye, sino que ya está establecida, pues es desde aquellas dos categorías que el investigador piensa el fenómeno a estudiar. El objeto de estudio o fenómeno a ser estudiado, el problema a indagar, es un ente fijo, muerto, petrificado en el imaginario del investigador, en la medida en que las categorías con que este aborda la cuestión ya están de entrada definidas:

Hay que realizar ante todo un trabajo negativo: liberarse de todo un juego de nociones que diversifican, cada una a su modo, el tema de la continuidad. No tienen, sin duda, una estructura conceptual rigurosa; pero su función es precisa. Tal es la noción de tradición, la cual trata de proveer de un estatuto temporal singular a un conjunto de fenómenos a la vez sucesivos e idénticos […]; autoriza a reducir la diferencia propia de todo conocimiento, para remontar sin interrupción en la asignación indefinida del origen; gracias a ella, se pueden aislar las novedades sobre un fondo de permanencia, y trasferir su mérito a la originalidad, al genio, a la decisión propia de los individuos. (Foucault, 1979, p. 33)

Por esta razón no se construye una metodología para abordar tal o cual problema, sino que hay formas preestablecidas. La metodología impide con ello la emergencia constructiva-creativa del pensar. Más aún cuando es en aquella que aflora de un modo evidente la relación entre sujeto de conocimiento y objeto a ser conocido. En donde uno y otro tienen un rol, un estatus, una función cognitiva. Aunque se trate de modos de interpretación social la relación es siempre dual entre cosas fijas, muertas, no vivas. Por ejemplo, si un investigador desea indagar sobre un tema específico en una comunidad ancestral, la cuestión es clara y simple: o se procede a hacer una etnografía o se aplica una metodología de investigación-acción-participación. En cualquier caso todo está claro de ante- mano: dramaturgia investigador colono, esto es, el que descubre aborda lo que ha de descubrir (la comunidad) por medio de la acción primera de conquistar. Si he conocido personas que se quejen en su diario vivir de las arbitrariedades cometidas por los “investigadores”, son las comunidades ancestrales. Estas denuncian el modo de prostitución a que se han visto sometidas una y otra y otra vez por esos mercaderes que lo único que hacen es sacar el conocimiento colectivo para venderlo a sus instituciones. De tal modo, han de venderse como los nuevos colonos: los descubridores del nuevo mundo mágico, sagrado, medicinal, de tales comunidades. Sus trabajos, generalmente de tres meses, solo consisten en hacer decir a la comunidad objeto de conocimiento lo que no dice o lo que ni siquiera ha de pensar. Pero este sujeto de conocimiento las hace hablar tal como los judíos españoles (conversos, marranos) hicieron confesar a los pueblos indígenas su creencia en Jesús de Nazaret sometiéndolos a un juego de ideologías entre la Iglesia oficial y la otra Iglesia (judía) (Cohen, 2015).

La relación sujeto-objeto carece de un principio básico: vitalidad, movimiento, dinamismo, emergencia de otra cosa:

El primero que demostró el triángulo isósceles (ya se haya llamado Thales o como se quiera) tuvo una iluminación; pues encontró que no debía guiarse por lo que veía en la figura, ni tampoco por el mero concepto de ella, para aprender, por decirlo así, las propiedades de ella; sino que debía producirlas por medio de aquello que él mismo introducía a priori con el pensamiento según conceptos y exhibía (por construcción) [en ella], y que, para conocer con seguridad algo a priori, no debía atribuirle a la cosa nada más que lo que se seguía necesariamente de aquello que él mismo había puesto en ella según su concepto. (Kant, 1985, p. 18)

Desde la perspectiva kantiana, por supuesto, el sujeto siempre hace aparecer el modo en que ha de ser aprendido el objeto, en tanto objeto de conocimiento: muerte de todo flujo relacional. Por lo que toda posibilidad de encuentro es nula:

No concibe la diversidad de los sistemas filosóficos como el desarrollo progresivo de la verdad, sino que solo ve en la diversidad la contradicción. El capullo desaparece al abrirse la flor, y podría decirse que aquel es refutado por esta; del mismo modo que el fruto hace aparecer la flor como un falso ser allí de la planta, mostrándose como la verdad de esta en vez de aquella. Estas formas no solo se distinguen entre sí, sino que se eliminan las unas a las otras como incompatibles. Pero, en su fluir, constituyen al mismo tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica, en la que, lejos de contradecirse, son todos igualmente necesarios, y está igual necesidad es cabalmente la que constituye la vida del todo. (Hegel, 1985, p. 4)

El conocimiento en espiral hegeliano hubiera alcanzado un tanto más la totalidad en la relación sujeto-objeto, en apariencia, si no hubiese sido porque Hegel olvidó que el espíritu absoluto, donde fluye la relación, no es un producto de la conciencia, sino una relación orgánica indisoluble con el plano corporal: no existen ni el espíritu ni la conciencia por fuera de la contingencia corporal que les da sentido y plenitud. Más aún, el cuerpo solamente es tal en la medida en que es cuerpo sufrido, pensado, relacionado, entretejido, concienciado. No existe la dualidad sujeto-objeto en tanto interior y exterior, sino modos de un existir de lo mismo.

Un devenir en flujo constante de devenires: co-onstrucción recíproca. Imaginémonos, por ejemplo, la relación objeto libro-sujeto lector. Desde la perspectiva del saber oficial la relación es evidente: el libro calla, está muerto, prefijado, es algo inerte; el sujeto lector posee el libro, lo manipula, lo conquista, lo domina. La relación es claramente de oposición. Por el contrario, si se piensa la relación de otro modo, el libro aparece como una entidad viva, saber, flujo de saber. Claro que depende de qué libro se está leyendo, pero imaginemos que logra hacernos sentir algo. Entonces cobra vida en nuestro interior, y no de un modo puramente imaginario, sino real pues todo sentir es sentir fisiológico que nace de las entrañas y se sitúa en el corazón: nos dice algo de una manera en la que otros nunca jamás lo han hecho. Es un confidente. De este modo, dejamos de ser sujetos de conocimiento para transmutar en un fluir con el flujo de relación en el que nos hallamos inmersos, en co-construcción formativa con. Es entonces una relación la que se está entablando, y no un simple acto epistemológico. No aprendemos el libro, este nos está transformado. Pero el libro cobra vida solamente en nosotros. Puede que en nadie más.

Y así podríamos seguir con la lista punto por punto de cada elemento que se exige para hacer investigación, pero no vale la pena. Aquí ya se han señalado algunas de las más importantes. Mejor continuemos.

Padecer se ha instituido en el sentir de hordas de neófitos en búsqueda de hacerse algo: mano de obra barata, pero calificada (Rengifo, Pinillo y Díaz, 2016). Los mafiosos del ejercicio de hacer “investigación” imponen sus propias lógicas, memorizadas y posteriormente vomitadas en un producto que presentan como fuente originante de verdad. Por ello, los aprendices han de sufrir los rigores metodológicos de lo que “realmente es investigar”. Aunque en tal dramaturgia no sea transformada la vida de nadie. Aún después de diez años de enseñanza universitaria y cinco de trabajo con comunidades[4] no conozco un solo proyecto de investigación, menos aún un investigador, que haya trasformado positivamente el entorno social donde realizó su investigación o por lo menos a un miembro de tal comunidad. Esto para el caso de proyectos de investigación aplicados. Menos aún ocurre en el caso de ejercicios de investigación básica, teórica, en donde ni siquiera la propia vida del investigador se ha de transformar positivamente después de su supuesta investigación: su vida sigue siendo tan pobre[5] como siempre. Su discusión con los muertos no deja de ser una pelea o un orgasmo con un fantasma. La defensa a ultranza de ciertas teorías por ciertos personajes es una clara muestra del pensamiento servil que los mercachifles del conocimiento instituyen como referentes conceptuales verdaderos a ser enseñados y aprendidos. Otra forma de pensar o proceder es ridiculizada. Las formas de proceder del pensamiento puro, racional, ya están académicamente instituidas. La institucionalización de estas formas de proceder ha de conservar el acervo de saber erudito oficial: la historia de los vencedores se perpetúa una, y otra, y otra y otra vez. Pensar se ha de dar de un solo modo: el científicamente instituido. La estructura de receta ha de funcionar porque ha mostrado “resultados”. Curioso, resultados. ¿Pero lo que ha de ser mostrado tan solo por un lenguaje matemático puede llamarse resultado? Las prácticas no científicas que funcionan en plexos de acción societales reales y con resultados, ¿por qué han de ser consideradas seudosaberes?

Toda estructura es rígida, toda receta es corta, toda mirada es miope, toda teoría es cómoda. Entonces, cuando se desea, se siente, se anhela salir de la comodidad, ampliar la mirada, hacer de otra manera, expandirse hacia los márgenes, no se ha de pensar pues el pensar ya fue instituido. Por eso pensar es un lugar de incomodidad para quienes no lo hacen, para quienes son incapaces de crear, reflexionar seriamente y dejarse ir sin ningún convencionalismo. El pensar, si usted ha de estar dentro de un círculo institucional, ya está determinado, ¿cómo hará para salirse de allí? Si escucha a los demás la opinión ya está dada. Por la propia comodidad es mejor dejar que las cosas sean como son: las mafias perpetúan su poder. Los más seguirán siendo los menos. Los menos solo podrán pensar desde la estrechez de su propia inquietud, pero jamás desde lo institucionalmente legitimado. Ser de los más, de las mafias, de los círculos, de los grupos, asegura lo menos: un pensar validado, una vida tranquila. Ser de los menos asegura socialmente un rincón alejado, obscuro y difícil, pero también un pensar, un sentir, un crear auténticamente propios. “Quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ese no quiere ser leído, sino aprendido de memoria” (Nietzsche, 1989, p. 22).

Emerger

Doy por sentado ahora que se ha aceptado el riesgo; que se ha ac- cedido a suponer, para articular la gran superficie de los discursos, esas figuras un poco extrañas, un poco lejanas, que he llamado formaciones discursivas; que se han dejado al margen, no de  manera definitiva, sino por un tiempo y por un deseo de método, las unidades tradicionales del libro, de la obra; que se ha cesado de tomar como principio de unidad las leyes de construcción del discurso (con la organización formal que resulta), o la situación del sujeto parlante (con el contexto y el núcleo sicológico que la caracterizan); que ya no se refiere el discurso al suelo primario de una experiencia ni a la instancia a priori de un conocimiento, sino que se le interroga a él mismo sobre sus reglas de formación. (Foucault, 1979, p. 131)

Todo lo que existe es flujo[6]de relaciones. Todo flujo de relaciones es devenir[7]. Todo devenir es emerger. ¿Qué deviene? Esto o aquello según la construcción relacional. ¿Qué emerge? Sentimientos, afectos, perceptos, vivencias, experiencias, pensamientos: procesos de reflexión desde lo vivo relacional y con lo vivo emergente. Todo se halla unido por un flujo relacional. Hoy los físicos cuánticos dicen: todo se halla intrincado[8].

De ahí que no existan un sujeto de conocimiento y un objeto a ser conocido. Existe un sistema vivo relacional: sistema de relaciones en el que emergen las categorías que enuncian un tipo específico de relación. La singularidad Newton no descubre el objeto muerto gravedad: es desde el sistema vivo grave- dad que la singularidad Newton entra en un flujo de relación con aquella. Su mirada es miope; su relación, muy precisa. El sistema vivo gravedad permite a la singularidad Newton entrar en un juego de emergencia categorial. Sin la singularidad Newton el sistema vivo gravedad hubiese devenido bajo otro haz de representaciones y categorías conceptuales. Lo uno y lo otro son tan solo una forma específica de relación en una situación de co-determinación, nunca de dependencia o de mera implicación causal: Newton no descubrió nada, entro en un juego relacional en el que logró expresar un tipo de relación con lo vivo desde lo vivo. Ambos hacen parte del mismo plano. No existe lo uno por encima de lo otro, solo existen planos de relaciones, no determinantes absolutos como sujeto de […] y objeto a […]. Un sistema vivo de flujos de relación es lo único que existe. Así sucede con otros ejemplos que podemos tomar de cualquier campo de conocimiento: en física los sistemas vivos gravedad, relatividad o cuántico. Cada sistema vivo es un haz de relaciones que hace emerger un tipo de vibración específica entre los miembros de una relación: las alteridades en devenir. Co-construcción entre y no acción semiológica mira desde.

Solo se puede entender un sistema vivo en su flujo relacional: la física clásica solo puede entenderse bajo el haz movimiento; la relatividad, bajo el haz velocidad; la cuántica, bajo el haz indeterminación. En la investigación social: el sistema vivo capitalismo se puede entender mediante el haz relacional consumo; el comunismo, mediante el haz relacional lucha; la era digital, mediante el haz relacional red. Todo haz es un flujo de relación que determina unas interacciones específicas y no otras. Así, si se entienden estos presupuestos toda dualidad conceptual, epistemológica o social desaparece ante la idea de lo vivo en relación. Lo vivo orgánico es un entretejer. El entretejer es un modo de expresión de la existencia. Todo existente entra por necesidad en un flujo de relaciones en el que se entreteje con otro. Lo uno y lo otro se configuran en la acción del emerger, en el que devienen como esto o aquello, pero en un sentido siempre necesario, vivo: plenitud.

Conclusión

Esta aventura escrita solo ha sido eso, una exploración crítica sobre el modo en que en la actualidad se concibe la relación entre el pensar-investigar (académico) como un ejercicio exclusivamente repetitivo, en oposición a otras formas de concebir los actos de pensar e investigar ante todo como una necesidad del existir. La investigación es más que un ejercicio académico institucional, es antes que nada un ejercicio relacional de co-construcción con algo. Pensar se entiende como una preocupación constante en la cual la totalidad existir aparece en su dimensión problemática como principio fundante de motivación del encuentro con lo otro para entretejerse y fundirse con ello; para poder decir, enunciar, esto o aquello.

Referencias

Cohen, R. (2015). El subordinado que subordina. Poseedores judíos de esclavos cristianos en el Registrum epistularum de Gregorio Magno. Revista Gerión, 34, 325-349.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Buenos Aires: Siglo XXI. Foucault, M. (1979). Arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI. Freire, P. (1971). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva. Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa. Madrid: Taurus. Hegel, G. W. F. (1985). Fenomenología del espíritu. México: FCE. Hinestroza, H. (2014). Despojos violentos. Cali. Inédito.

Kant, I. (1985). Crítica de la razón pura. Bogotá: Rosaristas.

Nietzsche, F. (1989). Así habló Zaratustra. Barcelona: Tusquets.  Nietzsche, F. (2000). Schopenhauer como educador. Barcelona: Tusquets. Nietzsche, F. (2005). Genealogía de la moral. Barcelona: Tusquets.

Rengifo, J. y Díaz, C. (2014). El cuerpo contemporáneo: un cuerpo pornográfico.

Revista Virajes, 16(1), 209-231.

Rengifo, J. y Pinillo, M. (2013). Las problemáticas del proceso de enseñanza- aprendizaje de la filosofía en Colombia. Revista Iberoamericana de Ciencias Sociales y Humanas Revibe, 1, 1-22.

Rengifo, J., Díaz, C. y Pinillo, E. (2016). La paradoja del espacio académico: disciplinar sin disciplina. Revista Colombiana de Educación, 70, 341-360.

Zapata Olivella, M. (1997). La rebelión de los genes. Bogotá: Altamir.

 

[1] Entiendo emerger como la acción en la que surge algo del alma, del sentir, del pensar, de la pasión con que una singu- laridad enfrenta la vida. Aquí lo utilizo como aserción lingüística que no quiere representar la cosa muerta enunciada en calidad de objeto, sino darle la oportunidad al lector de encontrase en un diálogo relacional, vivo.

[2] Desde luego, no todos los libros caen en esta descripción, solo aquellos que por su naturaleza describen a modo de recetario una serie de acontecimientos, a los que por supuesto les falta la pasión.

[3] Cantá es una expresión propia de las comunidades negras del Pacífico colombiano que he desarrollado en el proyecto de investigación El canto como práctica pedagógica en las comunidades afrodescendientes del pacífico colombiano, desarrollado en la Universidad Santiago de Cali.

[4] Trabajo que desde 2010 he venido realizando con la Asociación Eslabón Cultural, la Fundación Investigación Creativos y el grupo Integración Pacífico, en las comunas Trece, Quince y Veintiuno de Cali, con niños, niñas y jóvenes de estas.

 

[5] Utilizo el concepto de pobreza en el sentido de “falta de un proyecto de formación real para la propia vida”, esto es: indigencia mental, existencial y ética sobre todo advenimiento positivo, creador del propio ser, no como carencia de recursos económicos.

[6]  La noción de flujo es una categoría práctica, no teórica, tomada del taoísmo, cuyo sentido solamente se puede entender mediante la formación marcial en taichí, derivada de la forma verbal china para fluir. Este es un movimiento de expansión y contracción del Tao: principio cósmico, energético, universal, que actúa entre la polaridad yin femenina y la polaridad yang masculina en una situación relacional de complementariedad cósmica. Acción que excluye nociones morales como bueno o malo, y epistemológicas como objetivo vs. subjetivo.

[7] Por devenir entiendo el movimiento relacional de la singularidad, en tanto alteridad, con todo lo vivo, de un modo siempre auténtico, genuino, espontáneo, alegre. Siempre en pos de su plenitud.

[8] El concepto de intrincamiento es una categoría epistemológica  presente en el discurso oficial de la física cuántica.  Se refieren al entrelazamiento de las partículas entre sí. Lo que sugiere que todo en la vida está conectado con todo. Realmente el concepto es más antiguo de lo que la física quiere hacer ver. Un primer desarrollo de tal idea la hallamos en la cosmovisión taoísta y budista. La primera en la forma Tao: flujo cósmico energético que anima todo. La segunda en la forma Karma: relación del tejido vital a través de acciones que generan flujos energéticos de polaridad negativa o positiva en la consecución de un fin.

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ISSN: 0120-8454 - e-ISSN: 2145-9169 - DOI: https://doi.org/10.15332/21459169